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Los progresistas nos indignamos tarde

  • 7 jun 2011
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 17 mar 2025


La última y poderosa movilización social española, su réplica griega y la inevitable memoria retrospectiva del 2001 argentino (en rigor, del asambleario 2002) actualiza todo tipo de especulaciones agrupadas en general en dos grandes tendencias.


Una rememora al mítico Sartre, que tras romper el carnet del Partido Comunista Francés y ante los sucesos de Mayo del 68 acuñara frente a los manifestantes el famoso “ustedes han ensanchado el campo de lo posible”. La alusión es a la vitalidad de una “sociedad civil” que ya no se correspondería con la llamada “clase” o “corporación” política.

Otra, con un mayor componente realista o cínico, según la mirada, sólo especula a partir de las consecuencias y resultados. A saber: el reciente y aplastante triunfo del Partido Popular en España al que no reportarían los caracteres de renovación profunda atribuidos a la demanda de los indignados, o el nacimiento hace ocho años, entre nosotros, de la era K.

Una visión más fina vería a los indignados como “analizadores”, para seguir a algún viejo analista institucional francés, de una sociedad o un sistema político en crisis. Y aquí, creo yo, se abre la posibilidad de observar otro doble registro.

Por un lado, el lugar ya común de la crisis de un patrón civilizatorio, que engloba el nivel de lo productivo, de las finanzas, de la ecología, de la justicia. En definitiva, de la dignidad e indignidad humana.

Pero mucho más cerca, es increíble que no se advierta que tanto en España como en Argentina, del conjunto de culturas políticas con las que coexistimos, son las distintas vertientes de la llamada “cultura crítica” las paradójicamente más afectadas por la crisis.

Todavía no llegó a asimilarse que la principal base social de nuestro “que se vayan todos” fue la base social y electoral de la Alianza, estafada por su propio gobierno.

Todavía nuestras casamatas ideológicas están repletas de Schoklenders porque los microclimas del progresismo no revisaron el divorcio con segmentos sociales enteros que buscan alguna “roca” “en medio de un país de veletas” como dijera Elisa Carrió hace muy poco.

Los docentes de Santa Cruz no tienen quien les escriba porque el lugar de la representación y la racionalidad docente lo ocupan los amigos de las patotas que los apalearon. En verdad sus voces no se oyen muy apacibles pero poco importa si su táctica o su estrategia son correctas o incorrectas.

Se descubre que según las pruebas PISA la educación se derrumba pero no se observa que hace ocho años la dirección de CTERA integra hasta con funcionarios propios como en el Pellegrini y como en casi todo el país una gestión que fracasó.

En la base de la sociedad hay desde hace años pactos cotidianos que sanamente unen en el trabajo a “conservadores” e “izquierdistas” para sobrevivir a la corrupción y el autoritarismo K, de los que la dirigencia no se anoticia.

Se trata muchas veces de una dirigencia que no ve por ignorancia o por miedo. Y el miedo no es de derecha ni de izquierda. Sólo conduce al error.

Afortunadamente hay en la Coalición Cívica un equipo nacional técnica y moralmente solvente. Sólo falta que esta vez, como sociedad, nos indignemos para derrotar la aventura K y no creamos que la pobreza y los problemas que quedan se deban sólo a las asignaturas oficiales que faltan.

El clientelismo actual es el más reaccionario y profundo desde la recuperación de la democracia. Es el primero en el que punteros modernizados y patotas mezcladas con jóvenes maravillosos hicieron de esta ficción corrupta un simulacro de proyecto emancipatorio y una gigantesca caja nacional.

Está en nuestra manos que el final de esta pesadilla tenga lugar y que, además, sea la transición a una sociedad distinta y no un mero reciclaje.

Aprender de cada crisis perfeccionará nuestras causas y nuestra luchas para no descubrir tarde que se robaron nuestras viviendas, nuestra salud, nuestra educación. Que el corazón del modelo es un gigantesco INDEC y que para superar la pobreza, la cultura debiera ser algo más que ese viejo malestar...


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