La otra interna del PJ: entre la policía social y los hijos bobos de Laclau
- 8 ago 2012
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Actualizado: 4 ago 2024
Que la calidad de las ideologías en pugna esté cada vez más devaluada y que ellas hayan reducido su alcance a sus funciones de imbecilización y a sus pretensiones de manipulación, no quiere decir que no existan.
Siempre hubo, hay y va a haber desde intelectuales que intenten inscribir y ordenar desde las pujas más sórdidas, hasta los rudimentos de intereses más loables en algo asimilable a un proyecto político, así como escribas encargados de justificar las decisiones de cualquier naturaleza construidas en la soledad de algún lugar de poder.
Sin embargo, también en el terreno de las supuestas “ideas”, sea por debilidad, sea por dependencia económica o prebendas, sea por pereza intelectual, las disputas significativas en nuestro medio remiten a dispositivos sociales y “culturales” organizados en torno a la interna del PJ, aunque a algunos esto pueda parecernos una contradicción en sus términos.
Quienes ven en la política una mera lucha por la disputa o conservación del poder tienen en claro que la verdadera “contribución” del justicialismo en las últimas décadas fue su capacidad de actuar como agente de disciplinamiento social.
El sueño (blanco o negro) de contar con una policía social peronista encubre la carencia de ideas de algún segmento del centroderecha ante tiempos difíciles y está muy lejos de la pretensión de que dicho auxilio justicialista siga representando realmente sensibilidades o aspiraciones de justicia social.
Las “cualidades” en el control social, en cambio, hablemos de Luder o de Duhalde, de Menem o de Kirchner, han permanecido constantes, se trate de vertientes más represivas, más centradas en el desarrollo de imaginarios pretendidamente populares, o combinadas.
Esa persistencia hace que buena parte del establishment elija de tanto en tanto el mal menor de la “llave en mano”- y con sus clientelas incluidas - a los que se han demostrado especialistas en el control, sin medir que no han sido especialistas ni en desarrollo, ni en justicia, ni en democracia, ni en república, ni en solidaridad, ni en libertad, ni en dignidad.
Pero frente a ellos, tenemos un fenómeno más nuevo y que nos afecta más de cerca.
Se trata de la alianza ideológica del poder K, con sus jóvenes funcionarios millonariamente pagados y un populismo burocrático anterior, transversal a casi todo el más o menos paralizado progresismo. Un populismo que parasita e infecta a casi todo las fuerzas sociales y políticas, privándolas de sus más genuinos ideales de contestación, solidaridad y libertad.
La característica más sobresaliente del populismo burocrático es que no posee ninguna de las dos principales virtudes que vende el populismo: representatividad y dinamismo.
Justifican la existencia social o política de sus asentaderas en cargos perpetuos con el paraguas de una supuesta guerra de posiciones gramsciana que nadie comprende, salvo en su rol de cuidadores del poder.
Cuando la sociedad los descubre, se parecen más bien a la tortuga en el poste del chiste: "nadie entiende cómo llego allí, nadie entiende cómo se sostiene en dicho lugar y nadie entiende cómo ninguno la quitó".
Sin embargo - primer paradoja - el rol del populismo burocrático no es burocrático sino de dirección.
No obstante - segunda paradoja - a pesar de su maestría de oportunismo, son incapaces de percibir la propia crisis porque creen en las ficciones en las que parasitan hasta el minuto anterior al momento en que la sociedad, hastiada, ejecuta su repudio.
Uno de los aspectos más fascinantes de la teoría de Laclau - y esta es la última paradoja - es la resignificación popular que automáticamente opera entre quienes sufrimos los consejos al Príncipe (o a la Princesa).
La teoría se hace más simple y transparente: todo es un significante vacío, al que una banda manipuladora de corruptos llena desde el poder con la propaganda arbitraria que se le antoja.
Esta “batalla de ideas” no es otra cosa que la versión devaluada y cínica, de la crisis de respuesta de las grandes culturas políticas mundiales burocratizadas.
Sin embargo, hay un plus de mentira, violencia, atraso, abandono social y autoritarismo encubierto en nuestra versión de los relatos en pugna.
No faltan quienes lúcidamente han señalado los signos de una crisis y transición civilizatoria a escala planetaria.
En tal sentido, las grandes ideologías no escapan a una dimensión común en dicha crisis.
El punto es que si las ideologías actúan como un velo (entre decenas de conceptualizaciones posibles), la versión nacional, popular y degradada de las mismas agregan un velo sobre el velo, profundizando todos nuestros problemas.
Ni liberales, ni socialistas, ni izquierdistas ni centristas tienen el derecho de dejarse asimilar y arrastrarnos a experimentos que ocultan el sueño reaccionario de un peronismo como policía social, pero mucho menos, al relato bobo que llama ideología a la avanzada del propio privilegio discrecional y al empobrecimiento social, cultural, patrimonial y político de millones de personas.
Rehén del país que una elite populista de niños ricos toma por juguete, una nueva mayoría, más temprano o más tarde, los colocará en su lugar de meros significantes vacíos y quizás, un debate de ideas pueda tener lugar.