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Mi recuerdo de Laura: el otro legado

  • 29 jun 2013
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 5 ago 2024


“Hay que reconocer que ya no hay masacres sin nombres: no son un montón de indios ni un montón de revolucionarios, ni un montón de mocosos ni un montón de nada. No son un montón, no son 30.000 desaparecidos, son 30.000 personas con nombre y apellido”.

Lo que más me conmovió de Laura Bonaparte, cuyo fallecimiento es sentido por tantos de esos militantes tan humildes como imprescindibles, en tantos lugares del mundo, es el carácter irreductiblemente singular e irrepetible que ella confería y que debe conferirse a cada ser humano.



Su vida, un desborde de pasión permanente y de servicio es imposible de ser sintetizada.

Con una familia devastada por el terrorismo de estado, a través de la Triple A justicialista primero y de la dictadura abierta, después (una hija, dos hijos, un ex marido, dos yernos y una nuera hasta donde llegan mis cuentas) decidió luchar contra toda forma de pena de muerte, de exclusión y de autoritarismo.

Por estas horas y días muchos recordaron su intervención exitosa para lograr que la figura de desaparición forzada adquiriera un status internacional.

Otros, su trabajo con refugiados salvadoreños y guatemaltecos.

Otros, los testimonios de su trabajo con víctimas de Bosnia Herzegovina.

O quizás, los objetivos logrados en sus giras por Italia y por España. Cómo los acuerdos puntuales contra la impunidad en Argentina que atravesaron a todo el sistema político español, desde Izquierda Unida hasta el PP.

Pero, en mi caso, prefiero tomar su dimensión menos recordada.

Personalmente, sin dejar de impresionarme por todo lo anteriormente expuesto y por la envergadura militante de esta mujer, me marcaron a fuego una serie de conceptos vertidos en ocasión de una entrevista - era la excusa - para la cual fuimos acogedoramente recibidos durante largas hora en su pequeño departamento, junto a una compañera de dirección de una revista de ciencias sociales, allá por el año 97.

Es que su compromiso radical con la causa de los derechos humanos era inescindible de su particular forma de vivir y ejercer el psicoanálisis.

Uno parecía estar ante una versión paradójicamente alegre y en carne viva de esa cultura que ya desde fines de de los años 60 vienen trazando los analistas institucionales franceses.

Hoy me río del modo en que "cuidábamos" la edición de su extensa charla-compañía, del justificado enojo -con nombres y apellidos- con quienes pretendían diluir los nombres de los detenidos-desaparecidos (es decir sus biografías concretas) en alguna entelequia colectivista.

“Eran desaparecidos por segunda vez”, decía, refiriéndose a distintas coyunturas y circunstancias.

Sin duda le habrían causado horror, de haberlas leído, algunas teorizaciones al uso de algún psicólogo “social” en relación a una promoción altruista - en función de algún colectivo - de “aniquilamiento del Yo”.

El germen de un brutal autoritarismo detrás de incomprobables intereses “superiores” anidaba y anida en ideologías y prácticas insospechadas de pretender la eliminación del otro.

Para colmo de males, su testimonio de vida, su radical compromiso social y comunitario la hacían inexpugnable a las tradicionales etiquetas de individualismo y egoísmo que colocan, enmascarándose, no pocos autoritarismos.

Cuando pienso en todo lo que significa cada nombre, en lo irreductible de cada biografía, no pienso en Lacan, pienso en Laura.

Me ilusiono en que alguna huella debe quedar entre quienes atienden el sufrimiento psíquico en condiciones sociales brutales en nuestro actual policlínico Evita de Lanús, del trabajo de Laura entre 1966 y 1976.

La maravillosa velocidad de nuestro presente, las nuevas capacidades de nuestros chicos, no eliminan lo que se reproduce como marcas valiosas dejadas por la historia. Eso es la cultura.

Me alejé en los últimos años de muchos de los microclimas de las organizaciones de derechos humanos en demasiados casos cooptadas y corrompidas abyectamente por un poder cuya tarea con los derechos humanos es enunciarlos, desnaturalizarlos y violarlos.

Nunca me alejé ni voy a alejarme de los valores compartidos con Laura. Y desearía que el mejor homenaje sea tenerla siempre con nosotros a través de algunas de sus palabras sencillas y profundas. Como cuando expresara ya en aquel lejano 97…

“¿Cómo vamos a poder luchar contra la impunidad, si hay una licuación de la solidaridad y del sentido de lo ético? Quiero repetir, de reconocimiento del amor y, en todo caso, de la ambivalencia en el amor. Somos seres humanos, no somos diosas”.


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