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Bienvenido el debate

  • 6 abr 2014
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 17 mar 2025

Bajo el título "La política debe hablar claro", Alejandro Katz parece responder al debate inaugurado por Lilita Carrió acerca de la eventual necesidad de extender la experiencia de UNEN al conjunto de fuerzas no justicialistas de la Argentina.

Con la calidad que habitualmente lo caracteriza, argumenta acerca de las razones que guían la persistencia de conglomerados ideológicos en el mundo, a pesar de la crisis de las ideologías, pero al hacerlo incurre, a mi entender, en apresuramientos y omisiones que opacan dichas razones.

No cabe duda de que la distinción entre izquierda y derecha no es una distinción puramente -ni principalmente- ideológica, como sostiene Katz, apoyado en Bobbio.

Pero además "izquierda" y "derecha" no son sólo (según la cita de Bobbio) "programas contrapuestos respecto de numerosos problemas, cuya solución pertenece habitualmente a la acción política. Contrastes no sólo de ideas, sino también, de intereses y evaluaciones sobre la dirección a dar a la sociedad".

Durante años reflexioné y enseñé acerca de este problema desde otra perspectiva. La de los imaginarios entendidos como culturas específicas referidas a prácticas, cuyas persistencias y cambios se articulan con las persistencias y los cambios de sociedades que se transforman a través de procesos históricos de muy larga duración.

Sin embargo, creo que la nota refiere a una opinión legítima acerca de cuestiones más coyunturales y pedestres.

Es absolutamente cierto que los acuerdos que trascienden las delimitaciones ideológicas han sido, en la Argentina y en el mundo ocasión de populismos cualunquistas, cesaristas y autoritarios.

Pero lo que el artículo omite es que también es cierto que el populismo ha tomado y toma, fundamentalmente entre nosotros, la forma exactamente contraria; la de la ficción ideológica.

Bourdieu se esforzó en mostrar una faceta nada inocente del estado que “bautiza”, nomina, clasifica, “describe” y cuando lo hace, en realidad “prescribe”. Sin embargo, todo eso lo hace a lo largo de una construcción normativa de siglos.

Nosotros hemos asistido azorados al espectáculo de una facción de caudillos provinciales enriquecidos que, desde hace una década es, en rigor, quien decide arbitrariamente y con relativo éxito (ayudado por un puñado de monedas con las que clientelizan la universidad) qué cosa es izquierda, qué cosa es derecha, quién es bueno, quién es malo, quién es privilegiado y quién es pobre. Y hasta en qué consiste la estructura agraria a partir de tres libritos de los años 70.

Hoy el velo está sólo parcialmente descubierto con la inflación, el ajustazo y el exhibicionismo obsceno del imputado por crímenes de lesa humanidad César Milani y el carapintada Berni a cargo del ejército y la “seguridad” respectivamente.

Pero no están removidas las condiciones para que ese régimen anómalo que es el justicialismo no siga dominando la escena política y destruyendo nuestra trama social y quizás sólo un acuerdo transideológico pueda impedirlo.

¿Acaso la Concertación chilena no fue un instrumento útil frente al pinochetismo?

En la pléyade de ejemplos que en el artículo marcan, con razón, la persistencia de agrupamientos de base ideológica en el mundo (a pesar de una crisis que hasta excede la de las ideologías y es virtualmente civilizatoria) se omite este ejemplo tan cercano, no sólo geográficamente, sino tan cercano a una situación de emergencia como la que sufrimos. Se toma con liviandad que ese PRI, aún más reaccionario que el mexicano, que es el peronismo, nos someta, por ejemplo, en la Provincia de Buenos Aires desde hace 27 años.

Probablemente la audaz mirada de Carrió demore en ser comprendida. Ni siquiera el revolucionario acuerdo a punto de ser lanzado que es el Frente Amplio UNEN es completamente comprendido por un segmento de la sociedad intoxicado de ideología en clave populista.

Y esto es así porque una buena parte de nuestro progresismo y aún de la izquierda ofició de fuerza auxiliar de hecho, en la sociedad civil, del poder corrupto que guió esta década robada.

Precisamente, uno de los méritos de Lilita es haberse escapado de la ideología como trampa.

YPF fue vaciada cuando se privatizó, doblemente vaciada cundo se estatizó (los K participaron de los dos procesos) y coronado su vaciamiento por una indemnización escandalosa a manos del “marxista” Kicillof.

En alguna época hablábamos de la ideología como “falsa conciencia”.

La inteligente salida de esa nube tóxica no impidió que Carrió (que no necesita abogados pero cuya iniciativas y audacia están en el fondo de la polémica) al tiempo que proclamaba la urgencia de tareas “preideológicas” (por caso, un Contrato Moral que impidiera mentir, robar y votar contra los pobres) defendió a lo largo de toda su vida política (Constituyente del 94, ARI, Coalición Cívica, etc.) uno de los núcleos de ideas más persistentemente programáticos de la Argentina.

La garantía de principios de renta básica para la niñez y la vejez, la defensa real de los derechos humanos (recordemos su rol en la incorporación constitucional de los tratados internacionales y en la anulación del Punto Final y la Obediencia Debida) como garantía de una república real, y principios elementales de libertad y desarrollo, constituyen algunas de sus piedras basales.

Se trató de alguien que no se caracterizó por intentar “homogeneizar” a sociedad alguna sino por multiplicar el debate.

Esto es importante hoy, que el kirchnerismo se retira sin sucesor y dejándonos una de las peores hipotecas desde la recuperación de la democracia. Sin organismos de derechos humanos independientes, sin centrales de trabajadores democráticas alternativas (por supuesto, con grupitos opositores dignos en todos lados), sin universidad pública autónoma, con una inmensa pobreza no declarada y con un déficit energético multimillonario, junto a otras lindezas más evidentes como inflación, inseguridad, o los más de 10.000 millones de dólares robados con protección judicial.

Es saludable la demanda de Katz. La política “debe hablar claro”.

Pero el primer problema que tuvieron los luchadores consecuentes de todas las causas en los últimos diez años nunca fue de coherencia o incoherencia discursiva. Fue precisamente la de la violencia de la adulteración de una palabra degradada desde el poder y circulante por toda la sociedad. La de la incoherencia entre el discurso y las prácticas.

Este problema, de cara a las urgencias de la Argentina, trasciende el de la mayor o menor extensión “ideológica” del frente para enfrentar al justicialismo eterno e impune, ahora de los Massa o de los Scioli.

Lo más extraordinario de la última experiencia de UNEN, es que, en última instancia, la decisión y la responsabilidad última de selección de candidatos es restituida a los ciudadanos.

“La política debe hablar claro”. Pero es ilusorio creer que en todo momento existen condiciones para que alguien vuelva a escucharla.

El restablecimiento de la dignidad de una autoridad republicana, hoy ausente, que detenga el deterioro económico, social, cultural y moral de nuestra sociedad, es la condición de todo debate, aún del ideológico.


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