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Las peripecias del carisma entre la complejidad y el atraso

  • 15 ago 2014
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 18 may 2025

Los grandes sociólogos, los clásicos, siempre hablaron de cosas muy concretas.

Recientemente, un doctor en Sociología de esa rara y valiosa especie que dedica su vida a alumbrar una pequeña porción de conocimiento más que a la ideología y la propaganda, cuestionaba una afirmación mía acerca de una conferencia de Weber de 1919.

El autor expresaba que un recorte en la distribución de cargos preocupaba más a los partidos que una derrota de sus fines objetivos.

La diferencia (en rigor, carente de importancia) estribaba en que, a mi juicio (y en contraste con su discípulo Mitchell) la reflexión de Weber obedecía más que a un axioma teórico acerca de la naturaleza de los partidos, a razones de dramática coyuntura.

La monarquía había sido derribada en las calles. Rosa Luxemburgo había sido asesinada y el principal problema de la crisis de Alemania, no consistía ni en la demanda de democratización, como argumentaba la reacción interna, ni en el régimen institucional como, interesadamente, se argumentaba desde los ganadores de la primera guerra.


Sencillamente, el drama en la Alemania de los Junkers consistía para Weber en carecer de políticos.

El supuesto giro revalorizador del carisma dio pie a múltiples interpretaciones; pero las más ricas, son las que se alejan de una historia de recepción del autor superficial, no ajena a la colección de falsificaciones de la guerra fría.

La profundidad de sus escritos políticos es una cantera permanente de aprendizajes provenientes de un tiempo en el que el hombre escribía, simultáneamente, sobre el “acosmismo del amor” en un célebre “Excurso” de su voluminosa Sociología de las Religiones.

Aronson rescata la reinterpretación antiautoritaria del carisma que hace Stefan Breuer y ella misma afirma que constituye una de las fuentes fundamentales de innovación social. Va a decir: “Nación, Estado y Democracia toman del carisma los recursos que contribuyen a limitar la impersonalidad de la sociedad moderna”.

Cada época actualiza e ilumina un aspecto específico de la obra de Weber. Pero es imposible acercarse siquiera a una primera aproximación de la misma, sin entender los conflictos que desgarran su tiempo.

Yolanda Ruano de la Fuente juzgaba su presentación trágica de la racionalidad moderna, así como la no resolución fácil y ficticia de dichos desgarros, como el más lúcido de sus aportes.

Pero es Villanueva en “El programa teórico y político de Max Weber” quien mejor desmonta la banal mirada de su “neutralidad valorativa” a la que tantos nos acostumbraron.

Frente a una filosofía que terminó en el estado de los Junkers había que oponer una ciencia social que no se convierta en palaciega y principesca.

Había que impedir la “transustanciación” de la ciencia en “ideología del reino”, en doctrina estatal.

En nuestro contexto, me impresionó una reciente relectura que acabo de hacer de “La neutralidad valorativa” en la que se indigna no sólo de la “bajada de línea” de sus colegas ante alumnos desarmados para oponerse a la misma. Lo que frecuentemente se olvida es que su indignación se completaba en el hecho de que comúnmente se trataba de una “bajada de línea” CONSENTIDA por una Universidad del poder en la que no podían discutirse “los grandes problemas de Alemania”.

Son, asimismo, inagotables sus enseñanzas en torno a la necesidad del carisma que, lejos del autoritarismo a través del cual se la interpreta, siempre aparece en su obra, a mi entender, en el interior de un sistema de contrapesos y ante la amenaza de un vaciamiento burocrático de la política a manos de un funcionariado que la desnaturaliza.

En sociedades a la vez atrasadas y complejas como la nuestra, capturadas por una elite de buitres corruptos que agitan la cuestión nacional para ocultar el desfalco, el autoritarismo, la impericia y el sufrimiento interno, hace falta un bloque democrático con dos, tres, muchos liderazgos carismáticos… Aunque sepamos, en rigor, que el carisma no es algo igualitariamente distribuido…

La contraposición superficial y ficticia entre “liderazgos” e “instituciones” oscurece el hecho de que la importancia social de estas últimas no radica tanto en su asepsia formal sino en integrar, aún las parcialmente burocratizadas, entramados mediadores de cultura.

Por eso Durkheim veía en la “comunicación” del estado con las mismas, entendidas como lugares de la sociedad civil (en la comunicación, no en la cooptación), la esencia de la democracia.

Quienes sufrimos la Provincia de Buenos Aires y sus 27 años de dominio del PJ estamos curtidos pero no resignados a cierta enajenación en los debates.

Paradójicamente y aunque suene contradictorio, hacen falta más carismas que séquitos. Y las burocracias partidarias -las viejas y las nuevas- deberán ser mínimamente razonables (nadie pide que sean creativas) o seguirán pereciendo.


Pero además, antes que perecer nosotros mismos con ellas necesitamos intervenir.

En cierta coyuntura Weber reclamaba no ya políticos excepcionales; se conformaba con dirigentes que sean simplemente políticos.

No nos olvidemos que fuera de los escasos políticos honestos y responsables sólo se respira justicialismo y delito.

De la mano de lo mejor de la sociedad de nuestro querido conurbano emergerán pequeños, nuevos liderazgos o se reciclará con los Scioli y con los Massa, lo más abyecto de la “experiencia” de sus amigos y detractores K.

“La política” muestra demasiado seguido su cara impotente y mediocre. Pero la recreación de su carisma y la revalorización de un entramado social y cultural plural capaz de sostener la verdad frente a este viejo y cínico poder, es aquello con lo que recurrentemente contamos.


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