Macri y Cambiemos están haciendo la propuesta de política social más audaz del sistema político
- 9 oct 2015
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Actualizado: 6 ago 2024
No es casual que la propuesta de una asignación verdaderamente universal a la niñez y a la vejez haya pasado desapercibida.
Pero es una de las varias razones por las cuales un importante segmento del llamado círculo rojo y hasta algún intelectual progresista están trabajando desembozadamente contra el más firme candidato a ocupar la casa rosada por el próximo período.
Que el presidente de la UCR, Ernesto Sanz, pueda convertirse en el próximo ministro de Justicia de la Nación, o la incómoda Elisa Carrió sea una militante de esta Coalición, es otra de las razones.
Una de las claves para comprender el cuadro, la configura el grado de derrota moral que entraña el hecho de que el progresismo haya renunciado a la bandera de la erradicación de la pobreza.
Probablemente se hayan olvidado de que su misión histórica es diferente a la loable tarea de la iglesia, cuya sensibilidad la ha colocado, desde hace más de 2000 años, junto a los pobres en el supuesto de que, como decía Menem, “pobres habrá siempre”.
Casi todos parecen haber hecho de dicha máxima su principal supuesto y parecen haber asumido como normal (con buena parte de la izquierda que gobierna América Latina a la cabeza) que nuestro continente sea el más desigual del mundo.
Mauricio Macri ha tomado una vieja bandera de la Coalición Cívica, integrante de Cambiemos, y propone un ingreso universal para la niñez y la vejez.
¿Se ha vuelto Macri de izquierda? De ninguna manera. Ha pisado el acelerador en una tarea que es la única posible para todo aquel que quiera modernizar la sociedad argentina y liberarla del chantaje paralizante, cada vez más abyecto de un sistema de punteros cuyo resultado más ilustrativo lo refleja una inigualable publicidad de Cáritas de hace varios años atrás. En la misma se veía la imagen de una serie de chiquitos en clara situación de necesidad extrema expresando unos, “yo recibo ayuda” y alternativamente, otros, diciendo “yo no”.
Ideas como las de un ingreso universal a la niñez y a la vejez tienen origen, en rigor, en conceptos como los de "renta básica", acuñados hace algunas décadas por sectores avanzados del socialismo europeo y, virtualmente, nunca aplicados. Pero se articula con muchas de nuestras mejores tradiciones universalistas como, entre otras, la de nuestra histórica escuela pública.
En otra de las tantas discusiones que la izquierda ha abandonado desde los tiempos del muchas veces agitado y menos veces estudiado Consenso de Washington, la opción conservadora y punteril reivindicada públicamente por Alicia Kirchner de la generalización de “políticas focalizadas” ha logrado imponerse con tal grado de consenso que ha tapado lo más curioso del origen de este fallido debate.
Es imposible no recordar cómo importantes articulistas, desde las páginas de Finanzas y Desarrollo veían como una suerte de “comunismo” a instituciones como la sarmientina y prestigiosa escuela pública tradicional argentina y consideraban que por razones de “equidad” su financiamiento público debía ser quitado, concentrándose el mismo en los segmentos más pobres de la población. Sin embargo, el lenguaje que utilizaban no era éste. Utilizaban un lenguaje justiciero increíblemente cercano al de Cristina Kirchner, que es increíblemente cercano al de los sociólogos a los cuales les paga e increíblemente cercano al de una izquierda que ha sido integrada a esta mirada pequeña, de un clientelismo de nuevo tipo.
En esta mirada, el “gordo” con el arma en la cintura que aún reina en algunos feudos del interior, ha sido reciclado en nuestro conurbano como el personaje simpático del tipo que protagonizara Julio Chávez en El Puntero.
La renuncia a erradicar la pobreza ha desplazado el debate hacia la “posibilidad” o “imposibilidad” o hacia la “mentira” o la “verdad” del único candidato que lo propone, que es Mauricio Macri.
Para aquellos que gustan de los llamados lenguajes viejos, estaría bueno indagar por qué en esta Argentina atrasada, corrupta y autoritaria, alguna intelectualidad hoy desmemoriada había caracterizado al justicialismo como la derecha orgánica de la Argentina.
¿Será porque desde allí se proponía en el 83 la autoamnistía de la dictadura e imprevistamente un joven abogado ganó proponiendo la vida y el preámbulo de la Constitución? ¿Será porque la franja de quienes tenemos 50 años o menos sólo conocimos de esa fuerza a los Menem, los Duhalde, los Solá y los Kirchner? ¿Será por la misma razón que un sector del establishment mira tan de reojo a Cambiemos?
En la época de la llamada política postrealista (es decir, la del relato, la del INDEC, la de la mentira) María Eugenia Vidal sólo propone que al final del un gobierno suyo en la provincia de Buenos Aires hayamos tocado o visto algún cambio en el páramo que muchos sufrimos todos los días desde hace 28 años bajo el dominio de la misma fuerza política. No es poco.
Hay quienes creen, como alternativa presidencial, en el ex joven funcionario K que abandonó su “camino del medio” para escenificar una mala actuación de Rambo en una mala ficción de un candidato “programático” a la caza de votos desesperados.
Otros rodean de respeto al impresentable Scioli, excitados con su amigo, el ex FMI Mario Blejer, sin importar que opere a la vista de todos sobre la justicia para consagrar la impunidad en las causas que afectan a Cristina o que esté a cargo de una de las provincias más horrorosamente gobernadas de la Argentina.
Pero contra todas estas tendencias, el interior merece tener democracia y detener la desnutrición, el conurbano merece dejar de sufrir y el país entero precisa paz, desarrollo y dignidad.
“Los hechos dan puntapiés” decía Merton. Y en esta ocasión esos puntapiés pueden desarmar una gigantesca red de orfebres de la mentira y el prejuicio.
Hay acumulada una gigantesca necesidad de cambios.
Entonces, cambiemos.