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Un poco de Educación, por favor

  • 7 nov 2015
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 17 mar 2025

La desesperada campaña sucia promovida por el Frente para la Victoria, desde todos sus lugares de prebenda y de poder (desde sus millonarios barrabravas y sus funcionarios a sus patéticos profesores militantes) no debe impedir que continuemos con la reflexión sobre el calamitoso estado de la educación, en la escuela y fuera de ella.


Es imposible no referirse a algunas de las leyes con las que la señora Adriana Puiggrós, una de las ideólogas de esta verdadera década perdida en educación, se retira del actual ciclo.


Pero como casi todo lo hecho por este gobierno, son iniciativas que hablan más de lo que velan que de lo que resuelven.


El final administrativo de los legendarios bochazos de la carrera de Medicina de la Universidad de La Plata es uno de los objetivos políticos de una serie de reformas a la ley de educación superior que ha brindado serias razones a distintos legisladores honestos de la oposición, en algunos casos para el voto favorable y en otros para el voto en contra.


Pero el marco es lo indisimulable del estado de desastre de una educación secundaria que, además, seis de cada diez jóvenes no logran terminar en tiempo y forma a pesar de la normativa “progresista” que dice que es “obligatoria”.


También sucede, como no es difícil de imaginar, que este peronismo que se disfraza de democratizador, ha fracturado con dobles circuitos (unos de primera y otros de segunda) todos los niveles de nuestro sistema educativo.


Es claro, por ejemplo, que no pocos de los nuevos enseñaderos K con categoría de universidades nacionales, lo único que tienen de público y popular son los alumnos a los que convocan para ofrecerles una mentira como ilusión. Para compensar tamaña desigualdad, algunas de las principales universidades públicas, las de mayor tradición, que ininterrumpidamente pierden recursos a mano de las nuevas unidades desde los tiempos de Carlos Menem, se esmeran para devaluar su autonomía y su calidad cada día un poquito más, en otra de las tantas carreras de igualación hacia abajo que nos propone la ideología K.


La gestión de la doctora Adriana en la provincia de Buenos Aires fue, sencillamente, pésima. Directivas que inmortalizaron a la tosca y tristemente célebre Giannettasio acerca del “pasaje” a través del sistema escolar a como dé lugar, fueron replicadas y profundizadas por Puiggrós, pero ahora, en nombre de su sofisticado justicialismo académico nacional y popular, que incluye en el discurso ideológico y devalúa o expulsa en la vida real.


Con otra ley, la 27064, intenta reparar parcialmente el experimento poco conocido por el encubrimiento de algunos especialistas y del área de educación de alguna prestigiosa ONG, por el cual intentó en el año 2006 a través de la “ley Segarra”, en provincia de Buenos Aires, el reemplazo de profesionales del Nivel Inicial por “madres cuidadoras” del Movimiento Evita.


La memoria de quienes en el Nivel Inicial hicieron retroceder dicha iniciativa afortunadamente impide que se impongan los intereses de quienes desearían que con la misma y sus protagonistas suceda como habría pasado según Baudrillard con la guerra de Irak a poco de suceder (decía explicando la subjetividad postmoderna, “Nunca aconteció”).


El actual fin de ciclo hace que el kirchnerismo, más que partirse, divida sus tareas. A través de una ley que propone una Agencia Federal de Cuidado de Niños, el Movimiento Evita intenta un desembarco en “guarderías” (así llaman a los jardines maternales) mientras la doctora Adriana, madre del burdo ataque al Nivel Inicial del año 2006, retoma su articulación con la CTERA (integrante central de la gestión K) y termina su largo ciclo fingiendo una mirada políticamente correcta y democratizadora, como si su rol de ideóloga y ejecutora de todos estos años de retroceso de la educación argentina no la hubiera tenido en la primera línea de la responsabilidad.


La ley 27064 prescribe correctamente, que en algún indeterminado momento, la educación Inicial va a tener que formar parte de algunas de estas tres modalidades: jardines maternales, jardines de infantes o escuelas infantiles.


Dice, también correctamente, que el nivel Inicial, cuyos diferentes ciclos albergan niños desde los 45 días a los cinco años constituye una unidad pedagógica. Por supuesto que no llega a establecer, como sucede con el resto de los niveles, que también constituye una unidad organizativa.


Sería respetar demasiado la jerarquía del Nivel y asumir que no puede haber una sala aislada funcionando en el fondo de una unidad básica. Sería cortar de cuajo con las fantasías desescolarizantes de quien está demasiado marcada por los supuestos orígenes “opresivos” del que fuera el sistema escolar más masivo, inclusivo y de calidad de América Latina.


Entre nuestras urgencias para adelante, la necesidad de una reprofesionalización del trabajo docente de todos los niveles, con consenso en la base del sistema escolar, el fortalecimiento del Nivel Inicial, la recuperación de la educación media y la de adultos (hoy lugar de fuga del fracaso secundario) son algunas de las muchas tareas que deben convocarnos a todos.


Nos merecemos abordarlas descansando un poco de los Filmus, las doctoras Adrianas y los Sileoni.


Doce años de estancamiento en nombre de la politización burocrática de una elite de financiamiento estatal autoadjudicado y cada vez más disociada de la sociedad real, son demasiados.


Demasiada soberbia para tanto fracaso... Evaluemos lo que estamos haciendo, y cambiemos.


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