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Grieta, quiebre y diferencia

  • 24 jul 2016
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 7 ago 2024

La grieta existe pero es sólo un síntoma. Es el efecto de un poder de estado corrupto. Es la falsa conciencia de una caricatura ideológica que amenaza perpetuarse desde actores muy diferentes a los abyectos revoleadores de bolsos.

Si los efectos de la última dictadura resignificaron los contenidos reales del justicialismo y la emergencia del radicalismo de Alfonsín de un modo tan poco observado, el efecto del gobierno de los Kirchner pude llegar a cambiar para todo un período el significado de los grupos de izquierda hasta ahora existentes a pesar, lamentablemente, de la tradicional honestidad de muchos de sus dirigentes y militantes. Sí. Los “intelectuales orgánicos” de los ladrones lo lograron.

No se trata de un mero problema de minorías. Los más lúcidos de estos grupos, conscientes de los riesgos de su autodisolución moral, se esfuerzan penosamente por diferenciarse de aquellas fuerzas con las que votan juntos en la mayor parte de los proyectos en pugna en el Congreso y con los que marchan codo a codo desde el minuto cero de la actual gestión. Comparten una misma caracterización del oficialismo. Defienden a los mismos militantes embarcados en una “guerra de posiciones” en el aparato estatal, aunque no se les conoce el enriquecimiento millonario de sus nuevos amigos. Su estrategia consiste en heredarlos.

Expresan algo así como una hilarante “versión ética” del proyecto K. A eso apuntan desde el día en que se negaron a marchar por el esclarecimiento del asesinato de un fiscal. Aún al costo de rifar décadas de historia de intentos de democratización de la vida sindical, entre otros objetivos más o menos loables, junto a otros disparatados, inviables, o directamente no deseables. Un costo que es difícil entender que no advirtieran. Nadie se queda con una parte de los restos del cadáver del kirchnerismo (votos, militantes, símbolos) sin mutar su propia naturaleza. Se trata de un Quiebre.


La gravedad de esta resignificación cultural sólo puede entenderse si se tiene conciencia de que el justicialismo de la postdictadura, anterior al saqueo K, jamás representó "justicia social" alguna. En el mejor de los casos representó un esfuerzo punteril de control social valorado por algunas miradas conservadoras o religiosas de nuestra vida cívica que elevan su precio en momentos de crisis o de legítimas preocupaciones por lo que consideran cuadros de anomia generalizada. Pero ni siquiera en ese rol el justicialismo de la postdictadura fue completamente eficaz.

Cuando el menemismo (en las antípodas de las ideas y perspectivas del proyecto en curso) produjo un 20% de desocupación abierta, en la docena y media de organizaciones nacionales de desocupados que poblaron la Argentina y que asumieron la representación del sector no hubo una sola de extracción justicialista. Fue una de las tantas demostraciones de que ni los trabajadores ni los pobres llevan en su ADN adscripción partidaria alguna.

Hay a veces una sana vacancia de representación social, entendida esta última en el sentido más tradicional de la misma, acompañada de una menos sana ausencia de debate acerca de muchos de los problemas que nos aquejan.

Sin embargo no es necesario rasgarse las vestiduras por una supuesta despolitización que sólo la política produjo ni por una devaluación de la cultura de la que sólo la propia cultura y una academia semi colonizada por la subordinación al poder K produjeron.

Tampoco hay que temerle a ninguna grieta. No es necesario asustarse como lo hacían tantas abuelas y madres en las mesas familiares tradicionales ante la discusión política. Hay que volver al debate, la fraternidad, la solidaridad, la innovación y la libertad.

Donde haya valores comunes de fondo, la grieta se superará. Pero donde no, quizás exprese otra cosa. Quizás exprese la imposibilidad de la palabra porque es “indecible” lo que es necesario ocultar.


Ningún miedo a la grieta puede detener la voluntad de ser un país ni el derecho a la Diferencia.

Sin embargo hay un mundo de lo forcluido. De aquello que las recurrentes crisis de representación no permiten que se organice siquiera como juegos de oficialismo-oposición. Ese mundo puede expresarse regresivamente como los populismos irracionales a lo Donald Trump, como el neofascismo europeo o como alguna de las fórmulas difusas de la antipolítica.

Pero también puede canalizarse desde los cimientos de un desarrollismo inclusivo, como pluralismo ciudadano y pluralismo político.

Los que apostamos a este segundo escenario seguimos confiando en el mandato de una sociedad silenciosa, como esa revolución de las costumbres que no se ve y todos los días acontece. El reclamo de esa sociedad sigue siendo Cambiemos.


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