La revolución de las costumbres no se detiene
- 11 oct 2016
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Actualizado: 18 may 2025
Dos expresiones del lenguaje cotidiano de los últimos meses operan como una muestra de un sentido común ajeno a los microclimas militantes, dirigenciales y mediáticos de nuestra sociedad.
Una, en gente de edad intermedia a grande es “las cosas van a acomodarse” o a la situación “la van a acomodar”.
Otra, refiere a la vida cotidiana de jóvenes en edad productiva y a su pragmatismo extremo en mercados de trabajo, capacitación o formación y se trata del verbo “recalcular”. Como si se tratara de un GPS infinito, no habría coyuntura o dificultad alguna en la vida en la que uno no pudiera “recalcular”.
Todo muy acorde a tiempos, como decía Poulantzas, de “administración de las cosas”, y en la que la apariencia de una gestión que está por encima de la media ética y de solvencia técnica de los últimos años, todavía conserva una mayoría esperanzada y/o expectante.
La impresión de que la dirigencia de Cambiemos tiene la férrea voluntad política de construir un estado -lo logre o no- y apuesta a una estrategia de desarrollo inclusivo a través de una recuperación sostenida de la inversión pública y privada –lo logre o no- contrasta con el retroceso político del kirchnerismo en la Argentina y la izquierda realmente existente en América Latina.
Se trata de fenómenos de una profundidad histórica, que desestabiliza una mirada sesgada del “bien común” prevaleciente durante muchas décadas.
¿Por qué Dilma Rousseff, incapaz de robarse una cucharita, consintió el más fenomenal sistema de coimas de la historia de Brasil para financiar a un partido moderno como el PT? Por la misma razón que León Trotsky consintió como “mal menor” los asesinatos masivos de Stalin hasta el día en que él mismo fuera asesinado. La caracterización de la Unión Soviética como “estado obrero degenerado” o “deformado” pero “estado obrero” al fin, hoy nos parece fruto de una patología de mal gusto y Hanna Arendt la atribuiría a la naturaleza misma de las ideologías.
Sin embargo, hoy sabemos que no existen sociedades sin historia ni ideologías, pero las sociedades cambian y a veces con una velocidad inadvertida por muchos de sus dirigentes.
La generosidad del premio Nobel de la paz Juan Manuel Santos para con las FARC, bien contrastante con la de nuestro Pérez Esquivel para con la oposición venezolana, no llegó a medir hasta dónde el acorralamiento militar de la guerrilla tuvo menos que ver con dicho carácter “militar”, que con la degradación moral en la que a los ojos de la sociedad había trocado su otrora romanticismo. Era obvio. Si el estancamiento programático del PT colocó a dicho partido al borde de perder las últimas elecciones con Aécio Neves, ¿qué no podría pasar con el plebiscito de un acuerdo que otorgaba a las FARC mucho más de lo que la sociedad consideraba que le correspondía?
Santos, aún antes del Nobel, tomó un iniciativa de manual, pero de los mejores y más democráticos manuales de ejercicio sabio de la política. Convocó a la oposición para elevar a la guerrilla una propuesta con un consenso mayor que el hoy alcanzado.
Mientras tanto, entre nosotros, la desesperación de las dos CTA (cada vez más parecidas) y de fracciones de la CGT por enfrentar políticamente al gobierno de Cambiemos se estrella con una fantasía histórica, cercana a su muerte definitiva. Se trata de la fantasía que alguna vez tuvieron Moyano, De Genaro y muchísimos círculos de la izquierda, de constituir un PT vernáculo.
La intención, que existe desde el nacimiento mismo del PT de Brasil, nunca se llegó seriamente a constituir y hoy recibe un golpe mortal de parte de la “referente” de muchos de dichos grupos.
En nuestro país, el lugar de la izquierda es centralmente liderado por una ex presidente justicialista multimillonaria y corrupta cuyo mayor “logro” fue, junto a su marido, intentar disolver las culturas no peronistas (radicales, socialistas, izquierdas) e imponerles su propia mirada patrimonialista del “bien común”.
Pero los debates que vienen son otros. En algún momento la política deberá discutir sobre sus “recursos humanos”.
Hace poco se filtró a la prensa un simpatiquísimo debate entre honoratioris -esos personajes que suelen contarse entre lo mejor de la política- que decían que la UCR tendría como hábito reclamar “desde embajadores hasta ascensoristas”.
Si así fuera, miles de simpatizantes desocupados y calificados de Cambiemos que ven segundas, terceras, cuartas y quintas líneas del estado ocupadas por militantes K harían una legítima cola para afiliarse al tradicional partido, de no ser porque dicha estructura, a pesar de su republicanismo democrático, no es un dechado de aggiornamento y convocatoria ciudadana independiente.
No obstante, el debate, más allá de las chanzas, acerca de la modernización de un estado que vuelva a ser digno, tiene múltiples aristas.
La literatura política clásica usa la imagen de un general que avanzaba suponiendo el acompañamiento de tropas que no se había tomado el trabajo de verificar si lo seguían.
Indiscutiblemente, la ejemplaridad y la voluntad se encuentran entre las apuestas de una novedosa dirigencia que estima que desde la cúspide del estado “se ordena” el resto de sus estructuras independientemente del color político que tengan.
Pero más temprano que tarde deberá debatirse ¿Cómo se garantiza de un modo no clientelar, no autoritario, no convencional, la construcción de una fuerza plural de cambio? ¿Cómo se desmontan los enclaves patrimoniales de un estado usurpado? ¿Cómo se mide la productividad del capital cultural?
La inflación se va a controlar y va a bajar, la desocupación y la subocupación van a disminuir, pero el desafío de constituir una dirigencia intermedia distinta, un estado diferente y una nueva sociedad va a permanecer.
Este es el desafío que viene. Muy lejos del boicot y los programas de demandas de viejos y nuevos justicialistas y de los provocadores corruptos de Cristina con sus seguidistas de la vieja izquierda. Y muy cerca de una sociedad que les da la espalda.