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Algo más que una mala foto

  • 11 mar 2017
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 19 may 2025

Los cálculos de algunos impresentables políticos acerca de cómo no quedar pegados a los impresentables sociales que los nutren es la más epidérmica de las especulaciones sobre los incidentes del pésimo acto de la CGT y las CTAs.

Detrás de esos cálculos hay otra especulación: cómo separar al justicialismo (que pasaría a ser renovador y moderno) de los impresentables del kirchnerismo.

Pero sucede que aunque la amnesia histórica invierta todas las relaciones, la realidad misma no se invierte.

Muchos creyeron, por ejemplo, en los años ochenta, y aún siguen creyéndolo, que fue el cajón que quemó Herminio el que determinó la derrota del justicialismo en 1983, cuando en rigor, era al revés. El cajón de Herminio era una simple expresión del peronismo del pacto militar-sindical, del de la promesa de Luder de garantizarle a los jerarcas de la dictadura el respeto a su ley de autoamnistía; en fin, de un peronismo que como Cría del Proceso que había arrojado al mar a no pocos de sus obreros afiliados, jamás podía ganar. El hartazgo social tras el baño de sangre colocó a Alfonsín en el gobierno y al justicialismo en su lugar.

Del mismo modo, la imagen el martes de unos energúmenos casi linchando a la dirección de una CGT no muy convencida de sumarse a una estrategia golpista contra el recientemente electo gobierno de Cambiemos, hace olvidar cual era el modo en el que tanto el kirchnerismo como esta izquierda realmente existente se constituían antes de que saliera a la luz su verdadero ADN en algunos casos, o que se produjera una adulteración definitiva de sus objetivos y valores en otros.

El kirchnerismo, antes de revelarse como una de las experiencias más corruptas y autoritarias de nuestra historia, fue el más profundo de los siempre fallidos intentos de “renovación” de los herederos del movimiento del “General”. El anterior había sido el de Antonio Cafiero, de quien Perón decía que le gustaba “quedarse con los vueltos”.

La pretensión de los caudillos de Santa Cruz, que se enriquecieron con la famosa circular “1050” de Martínez de Hoz, era fabricar un relato con la ficción de la vieja “tendencia” que ahora democratizaría y modernizaría al justicialismo desacreditado de Menem y Duhalde. Sin temor a equivocarnos y gracias a la clientelización masiva de “cientistas sociales” que movilizó alrededor de su empresa de dominio, podemos decir que el kirchnerismo se constituyó de hecho como la etapa superior del peronismo. Al punto tal, que cuando la sociedad real reaccionó, no eligió para cambiar a ningún justicialista rubio y de ojos celestes, como sueñan los que hace décadas descubrieron en el peronismo un formidable instrumento de control social, con el cual, a su vez, pueden corromperse y corromper.

La extrema debilidad de la propuesta política –no de demandas- del acto de la CGT no es otra cosa que un galimatías copiado de la poco transparente Unión Industrial Argentina.

Es por eso que los delirios intolerantes que se colaron en el acto no configuran “reclamos no satisfechos de las bases” sino que expresan el vacío de alternativa política de las cuatro fracciones del justicialismo que enfrentan a la coalición Cambiemos.

En tanto y en cuanto la coalición conserve su atractiva composición plural original (y no habría porqué prever alteraciones) representa una seria voluntad de desarrollo, moderna y con vocación de integración social.

El espacio opositor hoy se divide en el cristinismo puro; en el supuesto renovador Massa, que cuenta con por lo menos dos de los tres conductores de la fallida CGT; en el llamado “Grupo Esmeralda” de Randazzo y el Movimiento Evita, que disputa la “renovación” a Massa con riesgos de graves problemas judiciales por su reciente gestión; y el espacio de la izquierda que, como Errejón en España, ha elegido autodisolverse en caracterizaciones, programas y prácticas muy parecidas a las de los tres grupos anteriores. La confusión y anomia del arco opositor es tal, que alguna presencia van a tener. No hay que olvidarse que así como el corrupto kirchnerismo fue la etapa superior del peronismo de las últimas décadas, esta izquierda devino en algo así como la etapa superior de su sindicalismo impotente.

El conflicto social a todo o nada de una importante parte del país indica que esta oposición sin ideas comenzó su año electoral.

La iglesia cambió la movilización en su nombre del Evita y otras organizaciones aliadas que fue trasladada a un día “autónomo” de la asunción de Francisco, por un informe sobre la pobreza. El mismo tiene, como siempre, la firma invalorable de Salvia, pero se trata, curiosamente, de una foto que atrasa cinco meses, que es justamente, el tiempo que comenzó un cambio de tendencia de los indicadores, según todos los especialistas. No obstante, el propio Salvia, acostumbrado a seguir largas series históricas tiene la convicción de que el gobierno “solamente” va a hacer caer la pobreza 6, 7 u 8 puntos.

Algunos somos más optimistas, aunque más no sea, porque lo que se está intentando nunca antes se hizo. Aunque esto esté a contramano de lo que opina el extraño bloque social del justicialismo y la izquierda que está a punto de terminar de disolver la ya extraviada CTA “autónoma” en el kirchnerismo.

Quizás haya que recordarles que Carlos Menem no era afiliado ni del PRO, ni del radicalismo, ni de la Coalición Cívica, y que fue el Frente para la Victoria el que dejó un 30% de pobres de carne y hueso escondidos debajo de la alfombra.

Aunque Sarlo parezca adherir a la vieja idea de que “pobres habrá siempre” y aunque otros amigos hayan descubierto las injusticias del capitalismo al tiempo que reivindican lugares donde mandarían los intereses populares como La Matanza -adonde la gente no se ve desesperada, precisamente por ir a vivir- la sociedad real tiene muchas demandas. Pero sucede que ninguna se expresa en la guerra social forzada que las impotentes fracciones justicialistas y parajusticialistas construyen como marco para las elecciones de este año.

La caricatura de los combativos antiburocráticos copando el palco devaluado de la CGT o la imagen del ex lanusense Baradel defendiendo su título conseguido en el Brandsen de su amigo Sarlenga son algo más que una mala foto. Expresan un lugar adonde no volver. Hay demasiadas asignaturas pendientes y demasiado pasado presionando para retroceder. Las demandas de las mayorías son bien distintas a la de los dirigentes que ya fracasaron. Sólo cabe profundizarlas y continuar pidiéndonos, como sociedad, cambiemos.



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