Lean a Topalov
- 1 jul 2017
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 18 may 2025

Sarlo, como tantos intelectuales otrora valiosos, está exhibiendo un pensamiento como mínimo esclerosado y falto de argumentación.
Repentinamente amanece preocupada porque el Partido Justicialista se debilita y siembra escepticismo acerca de la capacidad de Vidal para reemplazar un sistema tradicional de punteros. En su visceral ataque a Cambiemos, ni siquiera se priva de una sorprendente revalorización de Eduardo Duhalde.
Mis preocupaciones, en cambio, son muy distintas. Fui convocado hace unos tres meses a colaborar con la experiencia de la puesta en marcha del nuevo Servicio Alimentario Escolar de Lanús, coordinado por el prestigioso director de un colegio del distrito y cuyo objetivo es el mejoramiento de la calidad nutricional diaria del DMC (desayunos y meriendas complementarias) y de los almuerzos para escuelas con comedor.
En el distrito reciben DMC unas 200 escuelas y tienen comedor unas 50. El valor por almuerzo, por ejemplo, pasó de $6.30 en el 2015 a $12.40 en el 2016 y a $16.40 en el 2017. El mismo monto se envía a Consejos Escolares (modo tradicional) y a una docena de municipios que adhieren a la nueva modalidad.
Sorprendentemente, las exigencias de los nuevos pliegos y el control diario por parte del SAE y de las escuelas a los cuatro proveedores que ganaron hizo que por primera vez en años apareciera el yogurt o la carne en ocho de cada diez días y el impacto en la comunidad se hace sentir, siendo reconocido, incluso, entre sectores críticos de la actual gestión.
La secretaria general de un importante gremio del distrito le había dicho a una integrante del equipo, nutricionista y también docente: “Si ustedes entregan yogurt dos veces por semana yo vengo personalmente a aplaudirte”. Obviamente, ese aplauso nunca aconteció y tampoco hay nadie que lo espere.
Lo increíble es la sorpresa de una parte del activismo opositor ante éste y otros hechos de gestión.
Mi nueva tarea me ha hecho volver a barrios con los que nunca dejé de tener contacto, pero a los que no pisaba personalmente desde hacía 30 años cuando me desempeñé como alfabetizador de adultos durante la gestión de Nélida Baigorria. Y la miseria y la degradación urbana no dejó en estas décadas de profundizarse.
Sin embargo no es esa la novedad. Cocinas de escuelas abandonadas al punto de carecer de heladeras u hornos, en algunos casos durante períodos de entre tres y veinte años hablan de una reciente “redistribución” que nunca pasó de asignaciones monetarias familiares como parte de políticas sociales con altas dosis de discrecionalidad.
Actualmente, la fuerte iniciativa en pavimentos o luces LED en barrios que no conocían o no recordaban una sola inversión llama la atención no tanto porque alguien esté “haciendo lo que hay que hacer”, sino por la sorpresa por abajo de muchos opositores.
Supongamos que sea cierto el relato que dice que el actual oficialismo exprese algo así como ”la representación del Capital”. Christian Topalov, de esa camada de neomarxistas occidentales que gustaban cargar en sus espaldas la mochila de las complejas sociedades democráticas modernas, es un dinosaurio de la viejísima época en que, aunque parezca mentira, existía una izquierda culta.
Como parte de sus sistemáticos estudios urbanos explicaba como “el capital” requería en las sociedades modernas que el estado asumiese parte de las tareas de “reproducción” de la fuerza de trabajo y de las garantías mínimas de ciertos aspectos de la ciudad como “bien de uso” (en un sentido productivo) de sus “efectos de aglomeración”.
¿Alguien cree que un sistema moderno puede funcionar si un simple auto tiene dificultades para atravesar por sus calles rotas este primer cinturón sur de nuestro abandonado y saqueado conurbano? ¿Alguien cree que puede haber “reproducción de la fuerza de trabajo” si no se garantiza, mínimamente, la existencia de hornos y heladeras en comedores escolares?
Sucede que estas necesidades, no ya de una idea de justicia sino de una idea mínima de funcionamiento, supera la pobre imaginación de un activismo que esperaba el cuco “neoliberal” de un estado ausente; y un poco de yogurt, milanesas con puré y bastante cemento están generando la percepción novedosa de que en medio de un océano de problemas hay gente, por primera vez, después de muchos años, haciendo lo que hay que hacer.
A los intelectuales enojados y a los chicos confundidos que les gusta el progresismo y no pueden entender, les digo: lean a Topalov.