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JUNTOS POR EL CAMBIO: Un antídoto a la militancia del derrumbe

  • 30 jun 2019
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 7 ago 2024

La única razón por la que todavía subsiste la amenaza a la continuidad de la democracia constitucional - amenaza que encarna Cristina Kirchner- es el efecto, afortunadamente en vías de franco retroceso, del triple shock que impactó sobre nuestra economía durante el año 2018.

El primer shock refiere a la sequía que se extendió desde finales de 2017, hasta abril de 2018, que fue la más importante de los últimos 50 años, con su consecuente costo en miles de millones de dólares.

El segundo shock refiere al abrupto cambio en las condiciones económico-financieras internacionales que determinó la salida masiva y en bloque de inversiones en los llamados países emergentes de los que Argentina forma parte. La veloz decisión de un acuerdo favorable con el FMI, la rápida puesta en marcha de las explotaciones en Vaca Muerta y la masiva inversión pública en infraestructura de Ushuaia a La Quiaca con un costo 40% inferior al sospechado valor habitual fueron algunas de las respuestas del gobierno nacional a este doble efecto.

El tercer shock lo configura el efecto “cuadernos”. La mayor parte de la ciudadanía celebra que, a pesar del sistema de intereses que, por momentos, bloquea a la justicia y del cual la facción kirchnerista “justicia legítima” forma parte, se ha quitado la protección endémica al festival estructural de coimas de nuestro capitalismo de amigos. No obstante, el desfile en Tribunales por primera vez en nuestra historia de buena parte de los principales holdings del país no es, a pesar de lo beneficioso a mediano plazo, algo que en lo inmediato no haya “asustado” inversores.

La dura recesión provocada por este triple shock, se expresa en indicadores sociales negativos que sería extenso analizar en esta nota pero que no son peores a los que nos tienen habituados las recurrentes coyunturas que son comunes en un país de estancamientos perpetuos y cuyos dolores son disimulados cuando el justicialismo gobierna. No obstante, en esta ocasión cuentan con la convicción de una estrategia de salida a pesar de los intensos intentos opositores de bloqueo de dicha estrategia de salida.

El fracaso de una mayoría justicialista en la Corte que venía aislando a su presidente Rosenkrantz en el intento de postergar el inicio del juicio oral a Cristina Fernández, operó como un detonante de la capacidad de reacción de este nuevo bloque histórico que nace con el triunfo de Cambiemos a fines del 2015 y llegó para quedarse.

La denuncia pública de Carrió, en el sentido de que el juicio podía iniciarse con fotocopias certificadas del expediente, el rechazo de la Asociación de Magistrados a las temerarias amenazas a los jueces de Alberto Fernández -operador cristinista y luego candidato- así como el incipiente cacerolazo, hicieron retroceder el intento escandaloso de plantar una impunidad perpetua.

El comienzo del cambio de la relación de fuerzas no significa más que la reactivación de una transformación profunda de la sociedad argentina, nacida en un segmento de los trabajadores y los sectores medios y extendida a amplias franjas de los sectores populares iniciada en el repudio expresado en el 2015 al kirchnerismo, etapa superior del peronismo realmente existente.

El inesperado golpe que constituye a este justicialismo la incorporación de Pichetto al próximo poder ejecutivo de Juntos por el Cambio, es el primer gesto después de cuatro años a las demandas de un círculo rojo que hubiese esperado, como siempre, mucho más, ya que ve en el justicialismo tradicional un formidable instrumento de control social y en esto, obviamente, no participa de la ficción y el engaño por el cual seguiría representando un partido de la “justicia social”.

La incorporación es un primer gesto acotado, controlado, medido e integrado a una extraordinaria capacidad estratégica autónoma construida por el PRO, la UCR, la Coalición Cívica y el liderazgo de un Presidente acompañado por su equipo de siempre, que amplía su base de sustentación a actores como Pichetto en un extremo ideológico y a Lousteau o el Partido Socialista de la Capital en el otro.

Los nuevos vientos obligan a la otrora mayoría justicialista en la Corte a alinearse con la dura defensa que Rosenkrantz hace del orden constitucional y la división de poderes, luego del provocativo ataque a nuestro sistema de justicia por parte de Zaffaroni, Alberto Fernández y otros intelectuales menores, escribas de la multiprocesada Cristina Kirchner.

Hoy, el partido justicialista oficial, presidido por el señor Gioja, está dirigido por Cristina y La Cámpora, más allá del adorno de los Albertos y los Sergios.

En el resto del justicialismo, imposibilitado de generar un liderazgo nacional desde los tiempos de Carlos Menem, uno de los gestores junto al kirchnerismo de nuestra tragedia económica y social contemporánea, surgen dirigentes que asumen que su rol es el de una fuerza auxiliar que construye una nueva voluntad de interlocución política con el otro real, que es un otro no justicialista. Mientras tanto define, reorganiza y reformula contradictoriamente y en minoría, a pesar de las provincias que gobierna con cuentas saneadas por primera vez desde el gobierno nacional, su horizonte cultural. No se trata de demasiado más, pero tampoco de demasiado menos.

Es la democracia constitucional lo que está en juego. Y en el medio, entre quienes la defendemos y quienes la amenazan, sea esto bueno o malo, no queda nada. La imposibilidad de Lavagna de sumar siquiera a Stolbizer a su fuerza, quedando acotado a un pequeño grupo justicialista más, sólo indica el brutal error de cálculo de gente como Sarlo u otra gente de una izquierda que se ha, lamentablemente, extraviado. Que sólo estuvo hasta hoy, creyendo en una militancia del derrumbe porque imaginaban un bloque alternativo que no existe. Una militancia no carente de gente honesta, pero al servicio de quienes realmente dirigen a la oposición social y política: los saqueadores más corruptos desde la recuperación de nuestra democracia.

Juntos por el Cambio no es otra cosa que la defensa de esa democracia en el marco del pluralismo ideológico y de un piso de estabilidad institucional sin la cual ninguna estrategia de desarrollo y bienestar será posible.

En la Argentina y en el mundo, se libra una sorda disputa entre el atraso, el neofascismo (de derecha o de izquierda), la democracia y el desarrollo.

El reciente e histórico acuerdo Unión Europea-Mercosur es un ejemplo para el mundo y tras veinte años de negociaciones fallidas, su cierre fue liderado por el presidente Macri y las principales corrientes democráticas europeas. Se trata de gente muy consciente de que, en algunas coyunturas, a pesar de las dificultades, si no se avanza, se retrocede.


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