Elecciones 2019: una pausa reaccionaria en la edad de la razón
- 10 nov 2019
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Actualizado: 10 ago 2024

1. El momento
Una parte de la sociedad argentina ha elegido, legítimamente, cambiar de gobierno y llevarnos a una transición que conduce, por el momento, a la mismísima nada.
No se ha conformado un "bloque de poder" en los términos gramscianos tradicionales. Para eso hace falta, como mínimo, un programa que la gente que ganó no tiene.
Pero Argentina no está sola en esta aventura de un grupo heteróclito que accede a la gestión sin proyecto alguno ¿Podría hablarse de “bloques de poder” en términos tradicionales, respecto a cualquiera de los gobiernos populistas de derecha o de izquierda que coyunturalmente están asumiendo gobiernos y asolando al mundo?
Reservo el viejo concepto de “bloque de poder” para formaciones más sólidas, formaciones que incluso se pueden ver obligadas a dar, momentáneamente, un paso al costado, producto de la crisis, como es el caso de Juntos por el Cambio en la Argentina.
Hoy ya pasaron tres meses desde que los ganadores de las PASO y, en particular, el señor que fuera elegido presidente, comenzaran a operar un desbarranque controlado de la economía que obligue a Macri a irse “vomitando sangre”, algo que no han podido lograr. No les importa, obviamente, el deterioro social del pueblo argentino (“El dólar alto está bien”, “Argentina está en Default”, más los ataques al Fondo Monetario que ni el trotskismo griego llevó a cabo, entre muchos otros anti mensajes).
La estrategia no es novedosa. La utilizó Domingo Cavallo con Raúl Alfonsín y los verdaderos “neoliberales” promoviendo la hiperinflación que catapultó a la presidencia al efímero Collor de Melo en Brasil.
Pero sucede que no todo es inmediatez. Que una parte del llamado círculo rojo haya optado por un pequeñísimo acuerdo de impunidad como efecto del primer desfile por tribunales de muchos de los principales holdings de la Argentina en la causa Cuadernos, solo revela que la estrechez de miras no tiene anclaje exclusivo en ninguna clase social en particular.
Es una estrechez de miras consistente con los lugares comunes críticos sistemáticamente construidos alrededor de dirigentes como Peña, Carrió y muchos otros, no como consecuencia de sus “errores” sino como consecuencia directa de la voluntad de este núcleo nacional de constituir esa imprescindible autonomía de lo político de la que tanto hablan todos los manuales clásicos de teoría, pero que tanto parece fastidiar a tantos poderes fácticos y buscadores de “atajos”, para utilizar la metáfora presidencial.
Estos buscadores de atajos, ansiosos de negocios económicos y políticos rápidos, fantasean con señores feudales justicialistas rubios y de ojos celestes, como si el ciclo de acumulación de capital que necesitan fuese a ser garantizado con una mezcla de viveza criolla, de Manzures y Gildos Insfranes.
El retorno sin programa de quienes se fueron repudiados en el 2015 y hoy vuelven reconvertidos en una extraña mezcla de kirchnerismo, menemismo, pizza, champán y populismo disfrazado de izquierda para defender privilegios, ajustes, manipulación de causas judiciales y presiones al periodismo de investigación deberá hacernos iniciar una reflexión serena.
A pesar de que Juntos por el Cambio ha logrado un resultado importantísimo, con más del 40% de los votos, en el que se destaca entre otros fenómenos, la increíble recuperación nacional de Mauricio Macri, la histórica reelección en primera vuelta de Horacio Rodríguez Larreta en CABA, la reelección de numerosos intendentes como Néstor Grindetti en Lanús y, fundamentalmente, una movilización de trabajadores y ciudadanos con eje en la llamada “clase media” que se instala como un sujeto demandante de cuidado de la libertad, de cuidado de la democracia, demandante de justicia y portador de un duro rechazo a los niveles de corrupción y autoritarismo que caracterizaron a la gestión finalizada en el 2015.
Pero ¿Qué hacer? El presidente electo aún no asumió y ya se arrogó el conocimiento de una decena de causas en las que dice que “no hay pruebas”, tipificó “los fueros” como una patente de corso otorgada por “el pueblo” a la “perseguida” Cristina y dijo que la razón por la que no está presa es porque detrás de ella está “el peronismo”. Aquí es donde se bifurcan dos grandes campos de interpretaciones acerca de la gravedad de la etapa que se inicia.
2. La perspectiva
Una mitad de la población abre con su voto, emitido con todo derecho, una caja de Pandora cuyas derivaciones son absolutamente imprevisibles. Desde el posible deslizamiento del país hacia un sistema de totalitarismo corrupto, hasta formatos menos dramáticos, pero no menos graves en materia de caída por debajo de los estándares básicos de calidad de vida en indicadores de degradación institucional, social y cultural, sin contar que el sistema de justicia, la economía y la seguridad entran en el cono de sombras de quienes no creyeron necesario presentar un plan y cuyos mensajes no dejaron de violentar el sentido común popular de cualquier ciudadano que busque un piloto entre los Fernández, incluyendo ya, a aquellos que acaban de votarlos.
El equilibrio de fuerzas logrado por Juntos por el Cambio en el parlamento y la esperanzadora movilización democrática y electoral de de dicha fuerza, que terminó tan cerca de los ganadores no permite despejar ninguna de estas dudas.
Desde el campo de la democracia (y aquí englobo a todas las miradas honestas que están estudiando los problemas contemporáneos) hay dos concepciones que se ensamblan como un velo que dificulta ver alguno de las serias dificultades que tenemos por delante.
Una dice que las polaridades contemporáneas realimentan la política evitando males autoritarios mayores y que el populismo, lejos de ser un “régimen” es una política cuya “expansión” depende de los equilibrios que podamos contraponerles.
Eso significa convalidar, sin decirlo, que las cabezas del progresismo bien pueden ser saqueadores-jefes de asociaciones ilícitas y que sus competidores de derecha pueden ser aventureros impresentables a lo Bolsonaro o Donald Trump.
Indirectamente y de modo ensamblado con esta concepción, desde distintas miradas de genuina fe democrática se teme caer en una suerte de falta ética o destrato para con quienes han quedado “del otro lado de la grieta”, como si estuviese en un mismo plano el afecto por el amigo del barrio, el familiar o el colega que piensa diferente, con la posibilidad de amanecer, pasado mañana, sin sistema de justicia.
En Tótem y Tabú, Freud ejemplifica con la elaboración secundaria del producto de la elaboración onírica, esa necesidad de sistema que nos es inherente y que no teme, a los efectos de lograr un mínimo de coherencia y de inteligibilidad “establecer relaciones inexactas cuando por circunstancias especiales no consigue aprehender las verdaderas”.
En tal sentido, cualquier cosa que improvise la gente que acaba de acceder al gobierno va a ser vista al comienzo con la ayuda de una muy profusa disposición ideológica por una parte de la sociedad, como un “proyecto”, cualesquiera sean sus efectos reales sobre nuestro pueblo y sobre nuestro país.
Sin embargo, el tenor de las inconsistencias, en esta ocasión tiende a superar la media previsible.
Lo mismo acontece con la naturalización del equilibrio de fuerzas políticas cuando uno de esos polos- ni más ni menos que el gubernamental- no contempla al “equilibrio” en ninguno de sus planes.
No obstante, la distancia entre un bloque de poder que debió dejar el gobierno y su tarea inconclusa a los cuatro años y un grupo que alimentó expectativas “populares” dinerarias mientras encarga papers a fanáticos del ajuste ortodoxo, es muy grande.
Cómo va a conciliar el grupo en el gobierno a esos operadores con las cúpulas oligárquicas de la CGT y la Unión Industrial, nadie lo sabe.
Lo único seguro es que ni los trabajadores reales ni las empresas reales forman parte de los acuerdos que van a declamarse.
Sin embargo no nos alcanza. Ya no bastará con que Juntos por el Cambio retorne democráticamente por una mera cuestión de péndulo de alternancia ante un previsible fracaso de los otros.
3. Las tareas y el futuro
No podemos desentendernos de ayudar a un rediseño del sistema político.
Es injusto que nos imputen la calidad de los adversarios que tenemos enfrente como si los hubiéramos inventado y no fueran parte genuina y real de la sociedad argentina.
Pero debemos empujar cambios profundos que comienzan en el corazón de los campos específicos en los que transcurre la vida cotidiana de todos nuestros compatriotas.
Una parte de nuestra academia languidece distraída. No pocos de sus miembros más activos han cambiado su rol de productores de conocimiento y de formadores por la producción, el consumo y la reproducción de relatos devaluados para militantes devaluados. La hegemonía de una elite populista en buena parte de la academia no sólo carcome su legitimidad tradicional sino que resta eficacia a su autoproclamada tarea de pretendidos intelectuales orgánicos de gobiernos supuestamente nacionales y populares, de los que no son más que una propaladora vulgar.
Así como las oligarquías de la CGT y la Unión Industrial han dejado hace mucho de representar a trabajadores y empresarios, una guerra de posiciones barata, de tan alta intensidad como de baja capacidad infecta hasta los baños de las oficinas del estado argentino sin que los “compañeros”, sus portadores, hayan advertido que en décadas, las mismas estrategias y los mismos dirigentes no los han hecho mejorar medio paso en su calidad de vida.
Ya no podemos, cuando esta pausa en la edad de la razón termine, desentendernos de semejante parálisis. Es necesario ir a cada una de esas casamatas que contaminan la vida cotidiana y empezar a desarmar fraternalmente cada usina de ignorancia. Con “desengrietarnos” no alcanza. Cuando una fuerza de cambio gana, debe hacer el esfuerzo de llevar también ese cambio a cada rincón de la micropolítica, para que también allí, la toxicidad de la ausencia de ideas y de programas, deje de hacer daño.
Por último, nuestro continente, el más desigual del mundo, no vive un momento feliz.
Para nombrar sólo algunos casos. El Partido de los Trabajadores de Brasil sigue en carrera, pero dejó de ser una esperanza profunda el día que eligió financiarse con un sistema nacional de “comisiones” de contratistas del estado y abandonó las transformaciones productivas y sociales que había iniciado.
La tragedia de la dictadura venezolana, con casi siete mil asesinatos de estado en menos de dos años, según el Informe Bachelet y millones de exiliados es, junto al narcotráfico, una de las patologías endémicas más graves de la región.
En la movilización masiva de la sociedad chilena pugnan dos fuerzas por su dirección. Una “insurreccional”, pequeña, ligada a todos los grupos golpistas de la región y otra, mayoritaria, con fuerte peso de sectores medios y no pocos puntos de coincidencia con nuestras marchas recientes de Juntos por el Cambio, que demandan una modernización de las estructuras más arcaicas del hermano país trasandino.
Entre muchas notas de color desopilantes Nicaragua ya compite con Venezuela en cantidad de crímenes mensuales de opositores, pero pide la extradición de Juan Darthés por un caso de abuso, con mirada de género. Muy probablemente sea una extradición correcta y la mirada justa. Lo evidente, que no lo es para algunas fracciones de tribus ideológicas, es el bajísimo costo con el que se lavan la cara no pocos sistemas y dirigentes autoritarios y corruptos de la región.
Mientras escribo estas líneas la policía boliviana se negaba a reprimir manifestantes y la cúpula de las fuerzas armadas se declaraba neutral mientras importantes alcaldes del partido de Evo Morales renunciaban, en desacuerdo con una reelección a como dé lugar con una absoluta y verificable falta de transparencia en el comicio presidencial.
Quienes fuimos testigos de la creación del Foro de San Pablo y hoy vemos al Grupo de Puebla no podemos dejar de experimentar la desazón de la transición entre aquella vieja emergencia esperanzada del progresismo y la izquierda, a un club de recicladores de graves fracasos regionales, que en no pocos momentos parece convertido en cubridores de espaldas de ladrones vulgares y hasta asesinos.
Obviamente, esta desazón no puede experimentarla Alberto Fernández que llega al club nacido a la política con Carlos Menem y Domingo Cavallo para luego pasar a ser operador privilegiado del matrimonio Kirchner (síntesis perfecta del peculiar peronismo de la postdictadura).
Desazón es ver a la gente que vive en las zonas de La Matanza profunda, en donde son literalmente tapados por inundaciones recurrentes junto a una basura que confiere al espacio un aspecto de verdaderos campos de concentración, dirigidas desde hace décadas por los mismos justicialistas que en campaña levantan sus deditos corruptos en nombre de los pobres. Mientras, las elites populistas los teorizan.
Pero fuera de esos guetos, no faltan quienes sueñan con una sociedad de bienestar.
El objetivo de estas líneas es cumplir con la obligación moral de advertir que muchas veces las sociedades se desplazan hacia ningún lugar, como lo demuestran las últimas elecciones nacionales, sin que esto significa abandonar el trato fraternal, educado y respetuoso para con quienes piensan distinto. Aún cuando crea que la edad de la razón, iniciada a fines del 2015 y momentáneamente suspendida, va a volver a ser retomada.
Sin desarrollo y libertad, el sueño de una sociedad de bienestar jamás será posible. Será como la recurrente quimera de un colectivo de borrachos a la deriva, de esas quimeras que nunca suceden… de las que muchas veces… acaban en pesadilla.