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¿Se normaliza Bolivia? La región entre tribus ideológicas, Biblias y Whipalas

  • 8 dic 2019
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 7 ago 2024

Un queridísimo familiar, artista popular con muchísimas décadas de experiencia, deriva de una conspiración del Comando Sur de los Estados Unidos lo sucedido en Bolivia, a lo que, por supuesto, llama “golpe”.

¿Cómo culparlo, si así lo instalan la mayor parte de los oportunismos partidarios? ¿Cómo, si uno de los especialistas en Metodología de la Investigación más prestigioso de América Latina construye banalidades argumentales todavía más desopilantes?


La ideología, ese velo que invierte la mirada sobre lo realmente acontecido en las relaciones sociales, tal como lo desarrolla Marx en La Ideología Alemana lo ha tomado todo.


Una clara mayoría en Bolivia le volvió a decir “no” a Evo. Le dijo “todo bien con vos, pero tu ciclo terminó”. Evo violó la constitución que él mismo redactó. Luego perdió el plebiscito con el que intentó salteársela. Luego fabricó una autoridad electoral controlada por él mismo que decide que puede desoír dicha consulta. Luego ni siquiera quiere ir a una segunda vuelta cuando el resultado para ganar en primera fue, a todas luces, adulterado.

Cuando la Organización de Estados Americanos corroboró un fraude a la vista de todos para forzar un cuarto mandato a como dé lugar y una insurrección popular dijo “se acabó”, Evo intenta tras su renuncia, también forzada, desconocer el vacío de poder por él mismo construido y elige profundizarlo con el relato de “golpe” que parte en dos al pueblo boliviano.


Lo hace obligando a renunciar a toda su línea sucesoria y multiplicando una violencia social brutal entre dos Bolivias, en las que, obviamente, no quedan “buenos” de un lado y “malos” del otro.


Por primera vez, fuertes voces académicas empiezan, desde distintas miradas, a matizar la homogeneidad asfixiante del populismo latinoamericano.


Así, por ejemplo, la antropóloga feminista Rita Segato recuerda prácticas de Evo que fueron minando su credibilidad primero y la gobernabilidad de su proyecto después. Desde su rol en los incendios forestales, similar al de Jair Bolsonaro, hasta la construcción de la TIPNIC partiendo en dos la selva, pasando por la militarización del país, sus rasgos autoritarios y machistas y la no promoción en 15 años de candidatos alternativos en su partido.


Sin embargo, el grado deliberado de embrutecimiento de nuevas generaciones a las que sus “profes” elijen hacer pensar un juego con la mitad del mazo de cartas no deja de sorprender.


Cuando éramos chicos, algunos pensaban que el genio de Max Weber o era “un tonto que creía en la neutralidad valorativa" o era alguien que deliberadamente “ocultaba” lo que dicha neutralidad escondía.


Investigando la atmósfera cultural en la que dicho “profe” enseñaba, descubrimos que el mediocre “pensamiento autorizado” de las autoridades universitarias de la época inducía a una politización que abusaba de la relación asimétrica profe-alumno, en la que todos los problemas de fondo de Alemania estaban excluidos de la agenda y en cuyo marco, el nacimiento de las ciencias sociales jamás habría tenido lugar.


Al sólo efecto de restituir algunas cartas robadas al mazo de la crisis de Bolivia… ¿Alguien recuerda la histórica consigna de “unidad obrero-estudiantil” agitada durante décadas por la izquierda? Bueno, en Bolivia se dio. Pero no para apoyar a Evo sino para enfrentarlo. Ni la dirección Nacional de la mítica e histórica COB ni el movimiento estudiantil están mayoritariamente con Evo. Vamos a ver circular decenas de proclamas tan dramáticas, reales y combativas de sindicatos campesinos, de fracciones armadas del MAS, sin que se informe del alcance de la separación con el resto de los trabajadores de Bolivia.


La vieja articulación política que los unió en el viejo MNR en los años 50 o en el reciente MAS, al menos al día de hoy, ha dejado de existir.


Importantes ríos de tinta corrieron acerca de las no menos importantes transformaciones económicas y sociales acontecidas en la Bolivia de comienzo de los años 50 y en las del comienzo del gobierno de Evo. Pero sorprendentemente, suele pasarse por alto alguna de entre las más importantes.


La revolución de 1952 no hubiese sido tal si no hubiera incorporado a través del voto a cientos de miles de indígenas. El voto: acto que hoy cierto populismo y cierta izquierda divina se cree con derecho a subestimar. Entre 1951 y 1956 los votos emitidos crecen de 120.000 a 960.000. Sin este “pequeño” hecho, las transformaciones sociales que sacaron a una importante parte de Bolivia de las relaciones serviles y de la sociedad feudal, no hubiesen tenido lugar.


El afán de autoperpetuación del último Evo fue frenado por millones de bolivianos. No dan las cuentas demográficas para transformarlos en una minoría blanca, racista, ni fundamentalista religiosa, sin que por eso, un sector así no forme parte de los múltiples sectores violentos en pugna. Porque, una vez más, el autoritarismo populista hizo fracasar a la política y pretende llevarse puesto a todo el pueblo boliviano.


Es imposible, al ver al ex líder Evo tironeando con quienes no quieren votarlo, no recordar al tenista John McEnroe cuando perdía algún punto o algún partido, acostado en el polvo de ladrillo y pataleando como el niño rico que, en su caso, nunca dejó de ser.


El ex icónico líder Aymará, hoy parecido a un niño rico sin su juguete, no puede sustraerse a la fantasía de que los gobiernos puedan ser simultáneamente democráticos y perpetuos. Se tienta con tirar del mantel y voltear toda la mesa porque no le fueron dados los resultados deseados.


Se trata de una de las innegables “almas” de la izquierda, que tiene, por supuesto, más de una.


A comienzo de los años 90, un grupo de profesores que luego desertó para unirse a lo más autoritario y corrupto del populismo continental creía que la izquierda sería democrática o no sería. La productividad de sus ideas cayó velozmente al ritmo de sus claudicaciones éticas y sus cinismos seniles.


Pero de aquellos momentos lúcidos recojo la constatación de una tradición libertaria, democrática y emancipatoria y una simultánea tradición autoritaria, repleta de crímenes y millones de víctimas camuflada de supuestas razones de guerra y razones de estado.


También recuerdo una ponencia en la Fundación Jean Jaures, en Uruguay, en la que retóricamente se preguntaba si una asamblea de obreros tomaba sus decisiones por algún tipo de voto calificado de sus miembros, en un intento de revalorización de la democracia como modelo político.


Todo muy, muy lejos de nuestros días. Muy lejos de realidades como las que constata el informe de la socialista chilena Michelle Bachelet, que consigna casi 7000 asesinatos perpetrados por el gobierno de Venezuela en menos de dos años, junto a la expulsión de millones de migrantes forzados.


Quizás algún eco de aquellas viejas ideas democráticas haya colaborado con la suspensión de la estrategia demencial de un Evo que acababa de llamar a un bloqueo de alimentos sobre La Paz y en un giro en la posición de algunas fracciones del MAS, que se estarían aviniendo a una salida democrático-electoral al conflicto. Es decir, a la resolución al punto de inicio del mismo.


Sería una solución en espejo a la que vislumbran, trabajosamente, los sectores más lúcidos de Chile, enfocados en una constituyente pacífica con la participación de absolutamente todos los sectores de nuestro hermano país trasandino.


Los heridos y los muertos ya fueron demasiados. La democracia no es una razón suficiente, porque la mera soberanía de mayorías no impide, entre otras cosas la eventual liquidación de un sistema entero de justicia como puede llegar a acontecer en La Argentina, en donde la amenaza del desplazamiento a un totalitarismo corrupto no está completamente despejada. Pero la democracia es el punto de partida. Es la razón necesaria.


La racionalidad histórica del electorado uruguayo recibió un alerta evidente desde el conflicto desatado por Evo en Bolivia y desde el triunfo de Alberto Fernández y Cristina Kirchner en Argentina. Por eso muchos votantes del Frente Amplio quisieron contrapesar con más fuerza la deriva regional y optaron por cambiar. Cambio que se hubiese expresado con más votos de no emerger en escena el atemorizante partido Cabildo Abierto.


Pero las derivas son derivas y la esperanza en la razón, la libertad, el desarrollo y la paz va a ser el “progresismo” verdadero. El punto de partida de todas las ideologías.


Quien entienda este combate será quien capitalice para mejores partidos, mejores sociedades.




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