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Argentina: la amenaza del virus “corona” una pax antigrieta endeble

  • 1 abr 2020
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 18 ago 2024



Al mismo tiempo que la tragedia de la peste recorre el mundo, una fantasía social y política se instala en la Argentina. Se trata de la creencia de que la convivencia ofrendada por Juntos por el Cambio al presidente Alberto Fernández para cerrar filas en defensa de la salud de los argentinos puede transformarse en el embrión de un nuevo bloque de poder.

En rigor, es mucho más fácil que se cumplan los 100 años de democracia vaticinados por Raúl Alfonsín. Respecto a la actual y afortunada tregua que ha detenido -entre otros méritos- los ataques al sistema de justicia propiciados por la alianza gobernante, no sería razonable esperar mucho más que una deseable estabilidad temporal.

La realidad material del coronavirus ha mostrado en el corazón del área metropolitana, dónde están los fragmentos reales de estatalidad en la Argentina. La necesidad de Alberto Fernández de apoyarse en Juntos por el Cambio en la crisis no obedece tanto a opciones ideológicas o políticas sino a la disparidad de recursos técnicos, humanos y políticos que hay a uno y otro lado de la disimulada “grieta”.

En momentos difíciles como estos, muchos descubren rápidamente, a pesar de las acusaciones superficiales de “neoliberales” de los últimos y breves cuatro últimos años, dónde hay punteros y dónde hay estado.

Pero en el "mientras tanto" también afloran las miserias.

Mientras una fracción falangista del ceterismo de Capital le “exige” al agigantado Horacio Rodríguez Larreta multiplicar la entrega de viandas con la única condición de ellos no tocarlas, en provincia de Buenos Aires cientos de directoras de escuelas, cada una con pequeños grupos de docentes y auxiliares, le ponen el cuerpo a la pandemia entregando bolsones de comida. Un poco por convicción ética y otro poco por la instrumentación que tradicionalmente la cartera de Desarrollo Social hace del sistema escolar y que se profundiza bajo la égida de experimentos populistas como el actualmente en curso, más allá de la lógica emergencia que hoy nos convoca a todos.

Un caso aparte lo constituye el admirable esfuerzo de una parte de los docentes y sus alumnos, desde el jardín de infantes al terciario, de no perder en estos tiempos anómalos el vínculo, a través de la experimentación con las técnicas a distancia a mano, del castigado proyecto “escuela”. Independientemente que en el medio se cuelen elementos de propaganda al estilo de algún adefesio modelo Paka-Paka, o que los que hoy reclaman la continuidad de una comunidad educativa que nunca debe detenerse sean, en algunos casos, quienes hipócritamente dinamitan a esa misma comunidad cuando les toca ser oposición política.

Pero estamos obligados a elevar la mira y aprovechar el tiempo para salir menos desarmados y no aún peor de esta crisis.

Los estados del mundo están invirtiendo fortunas millonarias para salir del estado de desastre inédito producido por esta pandemia y esta intervención recuerda, en algunos aspectos, a la salida de la crisis de 1930.

Desde ese entonces hasta nuestros días, en no pocas crisis, el estado tuvo que auxiliar no solo a la democracia sino salvar al propio capitalismo de muchos de sus capitalistas. Pero como contrapartida y afortunadamente, en contraste con las miradas fanáticamente estadocéntricas, la capacidad del capitalismo de transformarse y revolucionarse a sí mismo, hizo que a caballo de cada crisis estas transformaciones terminaran siendo, a mediano plazo, un motor de progreso y bienestar. También un reaseguro de libertad.

Esta necesidad de estado no debe confundirse con las aventuras de populismos sin programa, tan a medida del aprovechamiento del estado de necesidad. Con la fiebre de las ficciones que te dicen que piensan en los países escandinavos y en realidad terminan aplastando a nuestros sectores productivos estratégicos y diseñando pactos con los actores más autoritarios y corruptos que encuentran a mano.

No es teoría. Hablamos de riesgos reales. Las ficciones, nave insignia de toda ideología, se comportan como profecías auto cumplidas. En un puñado de meses, mucho antes del “corona”, el hambre y la deuda fueron “instalados” en camino de constituir una especie de "modo de producción asiático" (se llamaba así a un modo de producción de la antigüedad centrado en el estado, muchos siglos antes a que cualquier forma de mercado existiera) distribuidor de alimentos, aun cuando semejante cosa no estuviese en los cálculos de los personajes más pretendidamente “racionales” del gobierno.

La deuda externa, por otra parte, siempre tuvo un peso político nacional e internacional independiente a su enorme variabilidad en cuanto a factor de desarrollo o de estrangulamiento del mismo. Pero el cuestionamiento a su legitimidad fue la piedra angular siempre utilizada por todos los nacionalismos para desplazar las miradas de las decisiones de política interna. Distribución real del ingreso, más allá de todo relato, índices de corrupción o utilización más o menos arbitraria de los recursos públicos. “Ay patria mía, dame un presidente como Alan García” bramaba la CGT en medio de los 13 paros generales a Alfonsín. Pero luego nadie hizo un balance de la gestión del paradigmático “antideuda” presidente aprista peruano respecto a las condiciones de vida de su pueblo.

Con estos dos ideologemas, el hambre y la deuda, construidos antes de que efectivamente se transformen en graves problemas reales, se ocultó la ausencia de cualquier programa serio de desarrollo, de la mano de un pequeño ejército de jefes de clientelas pensadas casi como beneficiarias excluyentes de una apoyatura política movilizada y precaria.

Hoy estamos en otra instancia. Hoy hay una pandemia que nos une a todos en la defensa de nuestra salud. Los aplausos de todas las noches nos autoconvocan a reconocer a los médicos y las enfermeras que están en la primer línea de fuego, a quienes yo sumaría a los docentes del conurbano que entregan quincenalmente los bolsones de alimentos.

Entre quienes colaboran hay muchos que disienten. Hay quienes reclaman más reactivos, una mayor transparencia en algunos segmentos de información y, ¿por qué no?, se inquietan ante decisiones con las que legítimamente tienen diferencias. No solo no dejan de colaborar por eso sino que, en muchos casos, están entre los más comprometidos con esta lucha común.

Pero la pandemia no obliga a suspender la reflexión. No es desde una unanimidad malvinera que ahogue cualquier observación a las acciones que colectivamente vamos tomando que vamos a salir mejor parados de este grave problema, sino desde la afirmación de una sociedad plural en la que afortunadamente, y me refiero fundamentalmente a las fuerzas políticas, no somos todos iguales.

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