Despertarse un poquito mejora la salud
- 20 may 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 9 ago 2024


Por si alguno aún no se dio cuenta, la imaginación sociológica por la que abogaba Wright Mills, derivó hace ya décadas entre nosotros, en mucho de imaginación y poco de sociología.
Es más, mirando más de cerca, la imaginación se ralentiza al punto de parecerse, más bien, a un pozo ideológico sin fin.
Justo cuando algunos creemos que el rol de verdaderos cientistas sociales es más necesario que nunca para acoplarse al poco y justificado sentido común que subsiste en el costado minoritario honesto de nuestra vida política en medio de la crisis.
Es imprescindible refrescar algunos datos demográficos mínimos y básicos que no suelen ponerse al servicio del conocimiento popular.
No van a eliminar el pánico a la enfermedad y la muerte, pero van a ayudar a ampliar nuestra perspectiva a la hora de enfrentarlas.
La llamada “transición demográfica” es un movimiento histórico ante el cual se han rendido conservadores y progresistas de todas las ideologías, más allá de las sanas disidencias que siempre existen.
Se trata, entre otras cosas, de la correlación retroalimentada entre un piso de desarrollo y de perspectivas de progreso y confort de mayorías y el modo en el que la gente aborda su planificación familiar.
Entre muchos otros rasgos, consecuencia de estas transformaciones universalmente consideradas como progresivas, se da el aumento de la longevidad, es decir, del porcentaje, por ejemplo, de mayores de 65 años que integran ese tipo de sociedades.
Es extraño que en una tragedia como la actual y dada la abrumadora mayoría entre las víctimas del COVID de los mayores de 65 años se haya observado tan poco que Europa nos duplica en población de esa edad o que CABA represente la jurisdicción del país con mayor número de gente mayor de edad. Sin ir más lejos, 16.1 contra sólo 11.1 acá, en Provincia, cruzando el riachuelo. Paradójicamente, es ese rasgo típico de sociedad avanzada por el que, en este caso, le toca pagar.
Por otra parte, antes que especular si se subestiman o sobreestiman las cifras del COVID (especulación más que legítima en el país que no hace tantos años adulterara el mismísimo INDEC) habría que situar el problema ayudados por otra observación.
Durante el tiempo en el que se produjeron las 393 muertes informadas al momento de escribir esta nota, se produjeron unos 74000 fallecimientos, aproximadamente, de acuerdo al número de defunciones anuales informado por la DEIS para 2018 (último año disponible). De manera que por cada muerte de COVID habrían más de 188 por otro tipo de causas.
Dichos datos disparan dos reflexiones inmediatas:
1 - ¿Cuántos infectados no testeados podrían cerrar un círculo de negligencia que finaliza en fallecimientos computados con otras causales? Para el sabio sentido común de los legos no haría falta ninguna conspiración sofisticada para cerrar dicho círculo de laissez faire del propagandizado “estado presente”. Todos imaginan la disparidad entre jurisdicciones y aún entre municipios, al interior de la misma jurisdicción.
2 - ¿Cuántas víctimas, en el marco de las crisis del COVID terminan provocadas por la dimensión económica de dicha crisis?
Hoy no nos importa esperar a que dichas desgracias avancen para hacer el relevamiento demográfico de las mismas.
La falacia gubernamental de cuarentena o muerte, o de salud o economía, fue corregida por Alfonso Prat Gay bien tempranamente cuando observó que no estábamos en un dilema sino en un “trilema” entre salud, economía y democracia, ante el primer amague de desborde autoritario oficial frente a voces disidentes.
Hay quienes legítima y razonablemente se ilusionan con la moderación que las gestiones de Juntos por el Cambio ofrecen al oficialismo en el poder, dadas las necesidades que la situación de excepción nos impone como sociedad. Sin embargo, subestiman el coctel explosivo que justicialismo, kirchnerismo y sociedad “de excepción” prepara para el futuro próximo cercano.
Vivimos un silencio atronador, preparatorio de experimentos oficiales pretotalitarios o bien, preparatorio de la reacción de una sociedad civil que no va a tolerar indefinidamente la apuesta a una democracia de baja intensidad del tándem Alberto-Cristina. Con la dirección de un modelo que no sólo la excluye económica y socialmente, a pesar del discurso, sino que pretende refregarle una reforma de la justicia guiada por la reina millonaria de la impunidad.
Afortunadamente, pese a que el país va a tener que rearmar su situación de desastre económico desde cero, encuentra en la vereda de enfrente del actual gobierno a una opción de la civilización (que deberá ser muy amplia, creativa, unitaria y plural) y no a una de barbarie. Es un punto de partida importante.
La solidaridad hoy se entiende de modos muy distintos. Ciertos cráneos del conurbanismo la descubren en las prácticas tradicionales de provincias como la de Buenos Aires, históricamente saqueadas y postergadas como si no se tratara de las mismas prácticas que a lo largo de décadas nos trajeron hasta donde hoy estamos.
Otros la entienden y la van a seguir entendiendo asociadas a la silenciosa lucha por una “normalidad” que siempre le arrebatan. Que les es esquiva, pero que saben que puede lograrse.
Unos y otros están juntos. Sin embargo, para usar la expresión de Borges, estas dos concepciones son como “el jardín de los senderos que se bifurcan”. Porque la verdadera grieta no es entre ricos y pobres, no es entre mercado y estado, no es entre izquierda y derecha. No responde a ninguno de los relatos a la carta, de falsificación. La grieta es moral.
