¿El país se ahoga en silencio?
- 5 jul 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 10 ago 2024

Al momento de escribir estas líneas fue hallado asesinado el ex secretario de Cristina Kirchner Fabián Gutiérrez, uno de los más importantes imputados arrepentidos de la causa Cuadernos, que incrimina a la actual vicepresidente y a importantes holdings empresarios.
La fiscal de la causa es la hija de la gobernadora de Santa Cruz, Alicia Kirchner, y la sobrina de Cristina, imputada en la causa dormida en la que virtualmente se regalaron, entregándolas a precio vil, importantes extensiones de valiosas tierras fiscales de Santa Cruz, y en la que junto al juez Narvarte se investigaba a sí misma.
Aún no conocemos los detalles y móviles de esa muerte, la de alguien que debería haber tenido, como mínimo, una especialísima custodia de oficio, como la ley establece para imputados colaboradores y cuyo esclarecimiento hoy debería tramitarse en la justicia federal.
De muchas otras muertes sí sabemos. Por ejemplo la de Walter Ceferino Nadal. “Me estoy ahogando” fueron sus últimas palabras mientras la policía de Tucumán le presionaba el cuello en una escalofriante repetición de la escena del crimen racista de Floyd que motivara la movilización de millones de estadounidenses y una manifestación pequeña en solidaridad, irónicamente, en Buenos Aires.
Este último asesinato fue solo una de las muertes y abusos perpetrados por fuerzas policiales en el contexto de la actual cuarentena.
Otros increíbles e indignantes casos fueron los de Luis Espinoza, también en Tucumán, el de Florencia Magalí Morales y el de Franco Maranguello, ambos en San Luis, o los innumerables episodios de torturas con lesiones graves en La Pampa y Santa Cruz, así como la golpiza contra los Qom en Chaco, entre otros.
En tan solo seis meses y bajo la silenciosa disciplina del miedo a la pandemia y los decretos de confinamiento, la violencia institucional es proporcionalmente superior a la ejercida hasta diciembre de 2015 que incluía para el largo período K el asesinato de una veintena de militantes populares y un fiscal de la Nación.
Sin embargo hay tiempos sociales y urgencias muy distintas en esta concatenación de tragedias en la que se ha convertido la Argentina. No es igual, por ejemplo, para quienes vivimos la amenaza del virus multiplicada por la amenaza de la gestión K de la provincia de Buenos Aires y nadie debería atarse a nosotros para proyectar salidas. Porque no nos ayudan haciéndolo.
Las recientes imágenes del abandono en el partido de Moreno expresarían un verdadero distrito-bomba (como tantos otros del conurbano bonaerense) de no mediar la anestesia producida por el dolor de tantos años de este tipo de gestiones, sintetizada en la celebración del regreso de la luz a un barrio tras un corte, aún sin agua, en muchos casos sin la comida suficiente y con aislamientos por COVID.
No faltan quienes creen, a su vez, que los tiempos pueden ordenarse según el antojo de cualquier dirigente improvisado de los que gustan hablar en nombre del pueblo, como si la vida real no los adelantara y los mezclara.
El cierre irreversible de decenas de miles de pymes que en parte expresa la caída de 26 puntos en la actividad del mes de abril está aconteciendo ahora.
Para quien aún no tuvo oportunidad de enterarse, según el Estimador mensual de actividad económica recientemente publicado por el INDEC, la caída de actividad de Abril en relación a Abril del año pasado es del 26 por ciento mientras que durante el período que va de 1998 a comienzos del 2002 e incluye el icónico 2001, fue de “solo” el 21%.
Esto significa que estamos ante una destrucción económico-social en marcha que supera al menemismo y a la crisis del 2001.
Me tentaba hablar un ratito de ideología, dada las ficciones y los devaríos mediocres que pretenden contaminar desde el aventurero poder de estado al conjunto del debate político nacional y regional. Como así también del retorno de la imbecilidad estratégica del ataque al campo y al periodismo
Pero una vez más, la triple crisis, la del supuesto “modelo” económico-social que dicen tener, la crisis de los derechos civiles y humanos reales, hoy en la picota, a pesar de las niñerías del discurso artificial impostado y la crisis de todo el sistema institucional del país, al servicio de un loco plan de impunidad, nos sigue convocando a tareas más urgentes y “pre ideológicas”, como decía hace unos cuantos años Elisa Carrió.
“Me estoy ahogando” acaba de gritar Walter Nadal antes de que la policía tucumana lo asesine.
“Me estoy ahogando” gritan millones de cuentapropistas, desocupados y pequeños empresarios que no ven la declamada ayuda del “estado presente” o la misma no les alcanza para los meses y meses de inactividad eterna decidida de forma unilateral.
“Me estoy ahogando” gritan los que no toleran que suave, disimulada y autoritariamente quieran volver a intentar llevarse puesto lo que queda del sistema de justicia y de democracia constitucional.
Es por eso que así como hace más de 20 años el remanido “neoliberalismo” dejó de existir en el país (salvo para los habitantes de una extendida nube ideológica) y así como la militancia de derechos humanos digna (salvo honrosísimas excepciones) dejo de existir hace unos 17 años, hoy hace falta que como ciudadanos comencemos a darle una salida política a este triple ahogo.
Para que los Walter Nadal no sigan solos, para que no nos quiebren haciéndonos depender de por vida de un bolso de alimentos, para que nunca renunciemos a la verdadera vida que siempre viene acompañada de respeto a las leyes, de un piso de desarrollo moderno, de derecho a la justicia, y sobre todo, de libertad.