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Con apoyo de los “comunistas” y afortunadamente, el tercer Milei inicia su programa de gobierno

  • 3 feb 2024
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 18 ago 2024


El fotógrafo Joel Sartore queda cara a cara con un joven Yacaré en Brasil. National Geographic.
El fotógrafo Joel Sartore queda cara a cara con un joven Yacaré en Brasil. National Geographic.

El presidente de la Nación Argentina tildaba de “comunistas” desde su primer base electoral acotada del 30 por ciento a cualquier centrista decente, incluida buena parte del centroderecha y el Pro.


Un segundo Milei es el que gana las elecciones con el partido del Balotaje y de la mano de Mauricio Macri y Patricia Bullrich comienza a archivar el proyecto de dolarización y una distopía como la eliminación del Banco Central se transforma en boca de su principal ideólogo en una mera restricción para que el mismo no emita ni financie al tesoro. Este segundo Milei es el que tiene que escuchar planteos en el pacto de Acassuso sobre la preservación de la educación y la salud públicas, el respeto a los derechos humanos, incluidos LGBT, y cuidado de las relaciones internacionales, entre otros.


El tercer Milei es el que se ve obligado a negociar con los tres bloques de ex Juntos (única reserva política democrática de la Argentina, junto a los flamantes diez nuevos gobernadores recientemente electos) dada su explícita debilidad y a pesar de su discurso y sus exabruptos de gusto a veces dudoso.


Su categórico triunfo en las urnas nace de la profundidad de la indignación y el rechazo popular a un kirchnerismo/peronismo que gobernó 16 de los últimos 20 años.


Es aburrido recordarlo para quienes desarrollamos la mayor parte de nuestra vida en democracia. Pero la ficción de que el peronismo es la fuerza política “de los derechos” se apoya en la sociedad que muere junto al viejo general del GOU, simpatizante del Eje en la Segunda Guerra, que primero dirige y manipula a la burocracia policial de Montoneros y luego alimenta a la Triple A de López Rega, que anticipa el terrorismo de estado de la última dictadura.


Al concepto de este brutal fenómeno que nos marca como sociedad desde hace medio siglo, recurrió originalmente Claudia Rucci cuando encuadró el asesinato de su padre como terrorismo de estado y no como terrorismo a secas, dada la presumible cobertura del gobierno provincial de montoneros en el final del proceso de la corta hegemonía de dicha fracción.


Pero regresando a la post-dictadura, el peronismo es la fuerza que banca la auto amnistía de los genocidas; y los “gordos” multimillonarios de la CGT que apoyaron con su silencio de 4 años a Cristina, Alberto y Massa, gestores del mayor salto de pobreza estructural desde Carlos Menem, a quien también apoyaron, no son ajenos al vergonzoso pacto militar sindical de los años 70 y son los que dirigieron al progresismo K y a la izquierda en el paro-recibimiento al gobierno que acaba de ser masivamente electo y a cuyo ministro de economía propusieron “tirar al riachuelo”.


Toda esta cosa está en el subsuelo de lo que acaba de gobernar construyendo el actual desastre económico-social del país que acaba el 2023 con el primer lugar de inflación en el mundo y nuestros ingresos y posibilidades como sociedad por el piso.


Sin embargo, el instrumento elegido por la sociedad para reemplazarlo, no se debe a la mentira antipolítica y reaccionaria de una supuesta casta en la que todos serían la misma cosa, aunque sí a una prima cercana formulada hace un siglo por Michels que es la oligarquización de hasta las mejores estructuras partidarias, vueltas incapaces incluso de vehiculizar la participación de las clases medias (o ex clases medias) que no sufren recién ahora el ajustazo en marcha.


¿A dónde vamos?


En una sociedad que tiende a comportarse a lo Luhmann, es decir, intentando desarrollarse en sistemas que interactúan con otros como mero “entorno”, vamos a tres escenarios de acumulación política relativamente autónomos, pese a sus necesidades recíprocas.


Por un lado el Congreso, con destacados dirigentes en los tres bloques que provienen de Juntos. Paula Oliveto, Silvia Lospennato, Rodrigo de Loredo, Miguel Ángel Pichetto, entre tantos otros a los que, injustamente, estoy dejando de mencionar.


Por otro lado, la esperanza de transformación de diez provincias, pese a la ausencia de recursos, en las que van a estar concentrados sus nuevos gobernadores, también provenientes de Juntos.


En tercer lugar, necesariamente van a emerger liderazgos de perfil público presidencial, cuyas reglas de constitución no son las mismas que las de los dos ámbitos anteriores.


Fundamentalmente porque el mandato extremadamente difícil pero específico que la sociedad le dio al actual gobierno tiene todas las características de tareas inéditas de una gestión de transición. Básicamente, desarmar el desastre inflacionario a partir de un mínimo ordenamiento macroeconómico; y restablecer pisos de seguridad y de reversión de criminalidad compleja, a cargo de la ministra Patricia Bullrich.


Son tareas para las que no va a poder prescindir de la negociación con su recientemente inaugurado sistema de aliados, incluso de aquellos en algún momento denostados.


Una lástima la debilidad de la presentación presidencial en Davos y sus dos grandes omisiones.


La de la brutal crisis de 1930, en la que el estado tuvo que socorrer al capitalismo de los propios capitalistas, y la de la mayor experiencia de éxito, cuyo gran consenso mundial acerca de la misma proviene no de la ideología sino de los hechos. Se trata de la segunda postguerra y sus “treinta años gloriosos” en la que la humanidad logró a través de la universalización sin precedentes de la educación, la salud y los sistemas jubilatorios, niveles de confort jamás vistos y cuyos estados de bienestar no fueron producto del abandono de las sociedades a las fuerzas del mercado.


Pero como todo eso ya parece prehistórico, también hacen falta en el mundo de hoy intelectuales y dirigentes de la talla de un Giddens y de un Tony Blair, que cuando vieron que el dinamismo de las viejas sociedades estaba trabado y estancado y hacía falta liberalizarlo, lo hicieron diseñando modelos que no tiraran al bebé con el agua.


Necesitamos repensar con los pantalones largos estas cosas pero también el lugar desde donde lo hacemos.


Porque mientras algunos están discutiendo el programa de Milei, quienes sufrimos la provincia de Buenos Aires vivimos todavía en el “territorio”, como gustan decir los peronistas, de Kicillof y los municipios de La Cámpora y Cristina.


Existen, pero no hay batucadas por los despedidos de La Cámpora. Y para terminar con una nota de color parroquial lanusense, mientras los “fieritas”, en lo que va del año, no dejan de cometer homicidios, las autoridades se ocupan de la labor que mejor hacen, es decir, propaganda. Alineando con el logo partidario el institucional, la marca de Lanús es ahora, formalmente, la V de la Victoria.

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