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El mes de Sarmiento entre la miseria K y el loco de la motosierra

  • 23 sept 2023
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 17 ago 2024



El padre del aula de América, artífice de una revolución educativa reconocida en el mundo entero emergió, es bueno recordarlo, de un hogar con duras dificultades económicas y creció escapando de una versión cuyana de la dictadura rosista y de la impresión de ver lanzas ensangrentadas, no de los gauchos entrañables estilo Martín Fierro, sino de los arreados por el fusilador de Camila O’Gorman.


Sarmiento odiaba esa violencia, hija del atraso. Pero su progresismo duro de hombre de acción y polemista es imposible de contrastar ante un supuesto segundo juicio de la historia que era inimaginable que tuviera lugar como retorno reprimido de lo bárbaro, que al no poderlo impugnar intenta limar y falsificar el núcleo de su perfil, de su ideología y de su obra.


Desde Paka-Paka, su convicción por arrancar a las clases populares de relaciones sociales serviles y apoyadas en la miseria y en la ignorancia, es convertida en un supuesto elitismo mezclado en el pastiche neo revisionista al uso de la propaganda oficial.


Quizás, cuando huye de milagro de las tropas que degüellan a Laprida, quien había presidido el Congreso de Tucumán (de ahí su Las ideas no se matan) comienza a forjar su increíble temple.


Hoy extrañamos plumas como las de Arrili activando su extraordinario anecdotario.


Pero de algunas investigadoras jóvenes y de grandes pedagogos que permiten armar un rompecabezas más profundo y completo de uno de nuestros más brillantes organizadores nacionales podemos extraer algunas certezas increíbles.


Una es la profunda diferencia con su amigo Manuel Montt a cargo de la cartera educativa de Chile, en tiempos de su exilio de la dictadura de Rosas, respecto de cómo abordar la tarea inmensa por delante.


Mientras éste sugería un sistema dual, con un circuito dedicado a las elites y otro a los sectores populares, Sarmiento rechazaba de plano semejante diferenciación y defendía el sistema universal de una educación pública, laica y gratuita de libre acceso para todos, que terminó instalando, con el éxito conocido y reconocido.


Otra es el modo inédito en que fue acompañado a partir de su segundo viaje internacional y ya en su presidencia por las heroicas maestras (profesionales mujeres) que viajando desde Estados Unidos, en muchos casos para ya no volver, ayudaron en el despegue del sistema educativo argentino, con su vanguardia kindergarterina incluida.


La obsesión roussoniana de Sarmiento de construir una sociedad en la que nadie se vea obligado a vender su libertad por un plato de comida ni nadie sea tan poderoso como para poder comprarla, se resumía hasta en los detalles de aseo en que la escuela debía esperar el arribo de los niños y constituye el corazón de su sistema de principios.


Por supuesto que es el mismo Sarmiento que junto a Mitre, Avellaneda, Roca, en la definitiva organización nacional, constituyen el monopolio legítimo de la fuerza en el sentido exacto que Weber, tomando el concepto de Trotsky, lo define como parte constitutiva e inseparable del estado moderno.


Salvo que alguien crea que una nación pueda tolerar que cada día uno se despierte con el asesinato de un Urquiza o sea hasta el fin de los tiempos una especie de asamblea de legiones armadas provinciales.


Y salvo, a su vez, que se olviden las realizaciones anteriores a que el afortunado y expansivo nuevo orden comience su democratización con el proceso en el que irrumpen nuestras clases medias en la Revolución del Parque, en 1890, hasta la elección de Hipólito Yrigoyen por sufragio universal en 1916. Por mencionar un solo ejemplo, en dicho año nuestras vías férreas redondeaban unos 34000 kilómetros, no demasiado menos que aquellos con los que contamos más de un siglo después.


Volviendo a Sarmiento, haría falta, una vez más, una crónica de la voluptuosa acumulación de hechos de gestión progresivos, producidos desde la educación bonaerense, desde el gobierno de San Juan, desde la presidencia de la Nación, desde la cartera de educación nacional y desde la colaboración con sus entrañables amigos del exilio chileno, de Estados Unidos y de Europa, diseccionando y recreando a partir de cada experiencia concreta la conformación de la solidez, hasta no hace demasiadas décadas, de nuestra educación pública moderna.


Algunos creemos que con el mismo espíritu de esa experiencia histórica de lo que fue, puede diseñarse para una sociedad radicalmente distinta, de este siglo XXI, lo que necesitamos y debe ser.


Muy, muy lejos, por supuesto, del engaño de aquellos que proponen resolver nuestros problemas con vouchercitos privados, o de los que disimulan la ausencia de educación pública de calidad con la pretensión de reclutamiento partidario de docentes y directivos mal pagos o alumnos empobrecidos.


La conmoción del 11 de septiembre de 1888, en ese amanecer en que Sarmiento entra en nuestra historia y en la del mundo, no sacude solamente nuestro naciente y floreciente mundo escolar.


Vaya como homenaje el texto de Groussac en la publicación Sud América de aquellos días.

Hay en Plutarco una página de extraña e insuperable belleza que me volvía ayer a la memoria al leer en un diario que el vapor de la Asunción había llegado a Corrientes, esparciendo desde allí, a los cuatro vientos el fúnebre clamor. Cuenta el moralista griego que un piloto, Thamos, navegando una noche por el mar Egeo, escuchó una voz salida de la sombra, que le mandaba parar en cierto punto de su carrera y anunciar en voz alta que el gran Pan había muerto. Lleno de asombro y terror, el piloto cumplió el misterioso mandato: lanzó por el espacio el grito lúgubre, y entonces, de las islas y del mar, de los peñascos y de los bosques, se alzó, como un coro de mil voces llorosas un vasto rumor de gemidos que repetían a porfía la queja universal, cual si la creación entera se sintiera de golpe huérfana…


Doblemente huérfanos vamos a sentirnos si arrojamos nuestra tradición de premios Nobel de la educación pública y la senda heroica de las maestras de Sarmiento por algún grito aventurero e improvisado de ocasión o la adulteración oportunista, mentirosa, vacía y gubernamental de la misma.


¿Hará falta otra generación de 1837?


Si nos alejamos de la miseria de la pesadilla oficial y de los locos de las motosierras podremos recrear una posible nueva oportunidad.

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