El regreso de la “solidaridad mecánica” no detiene el peso de la política

¿Cómo hay sociedades en las cuales el estado tiene con la sociedad contactos lejanos e intermitentes?
Émile Durkheim. La Democracia.
En no pocas ocasiones los grandes clásicos fundadores de la sociología nos proporcionan herramientas aún útiles para comprender ciertos fenómenos de este momento del siglo XXI.
Émile Durkheim, a lo largo de su monumental obra, analiza el pasaje de formas predominantes de solidaridad en los albores de la sociedad moderna y, fundamentalmente, el pasaje de una “solidaridad mecánica” propia de sociedades segmentarias y apoyadas en sentimientos comunitaristas de homogeneidad a una “solidaridad orgánica”, menos inmediata y apoyada en fenómenos como los de La división del trabajo social.
Ciertos mecanismos de cohesión, a los que su obra refiere, fueron indubitablemente fortalecidos con posterioridad a la crisis de 1930 y otros, en la segunda posguerra.
Estos mecanismos de cohesión, según los escritos de fines del siglo XIX revestían para Durkheim un carácter moral.
Por eso no extraña que en la crisis de transición contemporánea, de claro debilitamiento de los lazos sociales que son inseparables de la solidaridad orgánica moderna, reaparezcan mecanismos de refugio en formas de solidaridad mecánica.
Encontré en el último año en nuestro medio, no pocos bolsones de búsquedas identitarias en la vida cotidiana inmediata, en pequeños “colectivos”, en reclusiones muy privadas. Se trata del primero de tres rasgos novedosos.
El segundo es un aumento, también muy molecular, de los sentimientos religiosos.
En tercer lugar, de una voluntad de apropiación militante de una pequeña miríada de sellos partidarios de ideología diversa (derecha, centroizquierda) que nunca salieron de la transacción de oficina entre fuerzas mayores, sin conocerse aún el destino político de dichos grupos y sellos legales.
Porque, tal como observara Claus Offe en un extraordinario trabajo de hace años sobre movimientos sociales, en muchos casos, es la configuración política en la que dichos movimientos se terminan articulando o integrando la que termina definiendo su propio sentido objetivo.
Que estos tres rasgos compartan formas de las viejas sociedades segmentarias no debe interpretarse en clave de desvalorización.
Fundamentalmente porque hablamos de fenómenos de la sociedad civil, en contraste con lugares sociopolíticos en la que a ésta ni siquiera le es permitido constituirse. Como sucede con mucha gente que es víctima de la espina de Espinoza o del inframundo de la dictadura de Insfrán, para poner sólo dos ejemplos del arco opresivo que se autopercibe “nacional y popular”.
Pero volviendo a Durkheim, un gran texto poco conocido y descubierto a comienzos del siglo XX, varias décadas después de lo que fuera la producción central de su obra, desarrolla de un modo profundo y novedoso el concepto de La Democracia como comunicación entre la sociedad civil y el estado, entre gobernantes y gobernados, sin caer en la fantasía mentirosa de que ambas instancias puedan fundirse.
Un concepto de enorme actualidad en tiempos de escasez de dirigentes nacionales y donde, una vez más, aunque disguste a sus adversarios ideológicos y políticos, Patricia Bullrich parece llevarse todas las palmas.
Y donde, otra vez más, se demora que la construcción de enormes demandas legítimas de la sociedad civil no aparezca contaminada con actores que representan lugares a los que esa misma sociedad no quiere volver.