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El segundo Ortega solo es querido por criminales y corruptos

  • 23 jun 2021
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 11 ago 2024



El escritor y político nicaragüense Sergio Ramírez dice que hay “dos Ortegas”. Aquel que integraba la revolución sandinista que vence a la dictadura de Anastasio Somoza y el que encabeza la actual dictadura que se gesta en el país centroamericano.


Es bueno a partir de la tragedia que vive este pueblo hermano recordar dos aspectos distintivos de lo que fuera la revolución nicaragüense.


En principio se trata de la última insurrección popular que destruye completamente un aparato estatal preexistente. Un tipo de hecho que no deja de despertar fantasías en nacionalistas de derecha o por izquierda pero que se demostró, en la historia, extremadamente excepcional, al punto de generar un debate especializado acerca de las múltiples razones que deben acontecer para que esto suceda. Theda Skocpol es, a mi juicio, una de quienes arrojó más luz en esta materia.


Pero en momentos de crisis profunda, es habitual que gente “de acción”, informada muy superficialmente sobre experiencias sociales pasadas que siempre están allí, para aprender de ellas, confunda dichas revoluciones con dos tipos de fenómenos completamente distintos.


En primer lugar, con golpes de mano en los que “el pueblo” no es más que una masa de maniobra para la jefatura de caudillos que resultan esperpentos de una naturaleza no muy distinta a la de los adefesios que pretenden derrocar.


En segundo lugar, tenemos la experiencia de movilizaciones ciudadanas pacíficas que, junto a la vía de las urnas, han derribado como verdaderos castillos de naipes a dictaduras que parecían infranqueables.


Pero además del carácter “excepcional”, aunque apoyado en antecedentes históricos, el sandinismo de los años 80 protagonizó un hecho inédito, éste sí, sin antecedentes: el de una revolución “triunfante” que ante un lapidario cachetazo electoral entrega pacíficamente el gobierno. Gente de bien como Sergio Ramírez y Ernesto Cardenal, entre muchos otros, integraban junto a Ortega ese primer sandinismo que había vencido a la dictadura de Somoza.


Sin embargo, junto a la derrota comienza la degradación de los acontecimientos conocidos como “la piñata”, que no fue más que la apropiación privada de bienes públicos a manos de una parte de la dirigencia comandada por el propio Ortega. Y que determinará la ruptura de varios de sus más importantes compañeros de ruta.


No muy distinto al robo de bienes estatales por parte de la “nomenclatura” de la que formaba parte Putin, tras la caída de la Unión Soviética.


No muy distinto de la sangría de recursos en la Argentina por los sobreprecios en la obra pública por los que es juzgada Cristina Fernández de Kirchner. Las diferencias son sólo de escala.


Cuando Ortega regresa al poder tras los gobiernos de Violeta Chamorro y Arnoldo Alemán lo hace dispuesto a quedarse más allá de toda legalidad y a defender sus privilegios a como dé lugar.


Lo que comenzó con represión y muertes hoy continúa con encarcelamiento de opositores, incluidos los principales candidatos presidenciales.


Cincuenta y nueve países a través Naciones Unidas acaban de condenar a la dictadura. Vergonzosamente, no está Argentina. Así como acaba de retirarse de la demanda internacional en La Haya por crímenes de lesa humanidad del gobierno de Venezuela, con miles de ejecuciones extrajudiciales sólo en el primer año observado. A quienes leyeron el Nunca Más los invito a que lean los informes Bachelet sobre Venezuela y Nicaragua.


Es mucho más importante que el espectáculo del ala más descompuesta de nuestra academia intentando justificaciones alambicadas del asesinato de estudiantes.


“Nicaragua Nicaragüita”, como decía la canción, necesita recuperar su libertad y su justicia.


Los dos pilares que necesitamos todos los latinoamericanos, como punto de partida para cambiar las aventuras, por un camino de desarrollo, igualdad ante la ley y paz.


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