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En el conurbano bonaerense sufrimos el peor momento de abandono gubernamental

  • 6 may 2021
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 17 mar 2025



Es completamente falso que se libre una batalla entre la libertad y el cuidado.


La propaganda infecciosa y vulgar de quien debería dedicarse a ejercer el cargo de ministro de salud de la provincia que ostenta, está siendo tomada con la misma seriedad con que empiezan a oírse los desatinos del poder de Cristina, Kicillof y el presidente.


Algo similar sucede con nuestras autoridades educativas.


Aquí, en el peor de los mundos, reina la vulneración de los derechos de los niños solo opacada por la amenaza cotidiana real del COVID y un autoritarismo creciente con eje en la hipocresía de un relato cínico que es lo único que acompaña nuestro abandono.


A muchos de los que experimentamos durante el 2020 ese llamado a emergencias de IOMA que nunca tuvo respuesta, no nos sorprende que hoy, por un pedido de testeo a domicilio se pidan 2800 pesos, que la gente aguarde un “seguimiento” que nunca va a tener lugar, o –por qué no- que haya alguno entre muchos que “tenga suerte”. “Al que le toca le toca, la suerte es loca” dice el dicho popular, tan a tono con el derecho a la vida en nuestro territorio.


Otra oportunidad es ir hasta la flamante “ex Comahue” que IOMA destina a todo el inmenso conurbano sur que debería trasladarse a la que fuera la tenebrosa clínica de la periferia de Lomas a la que se enviaba antes, con destino incierto a los jubilados del PAMI. La “novedad” configuraría una especie de movilidad social permanente pero de arriba hacia abajo, democratizando la precariedad y dotándola de “épica militante”.


Una épica militante naturalizada por muchos pero siempre a un tris de ser objeto de indignación social por muchísimos más.


Un ejemplo. Mientras Grindetti lleva a cabo el esfuerzo silencioso y honesto de montar un hospital de campaña en Monte Chingolo y en la intimidad de nuestros hogares muchos especulan, a su vez, acerca de con cual remís se trasladarían al hospital de CABA más cercano en caso de emergencia, dos referencias monopolizan simbólicamente el suministro de las escasas vacunas existentes en el centro de Lanús Este.


El local de Suteba y el Club Lanús presidido por Russo, dirigente de Sergio Massa, te dan la pócima salvadora con la que los dispensarios mejor equipados y con mejores recursos humanos del distrito no cuentan porque Provincia no se las suministra.


Pero sucede que “Suteba” no significa “docentes” y sería muy bueno que lo comprendan propios y ajenos, amantes de inflar las peores representaciones sociales de la Argentina.


La mayoría de los docentes no están vacunados, a la fecha, siquiera con una dosis, a pesar de la carpita blanca de la calle Ituzaingó (para los que no conocen, sede de los baradeles, baradelas y de los principales kicillofistas y cristinistas de Lanús) que podrían hacer presuponer lo contrario.


La bocanada de aire fresco del reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia que dijo que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires…“es autónoma” y por lo tanto, con un jefe de gobierno normal y un ministro de salud serio, sus niños pueden gozar de clases presenciales si así éstos lo determinan, es una verdadera bomba para este lado de la General Paz.


Porque el deseo de un país normal siempre vuelve.


En tal sentido y mientras esperamos que la Corte Suprema no tenga que fallar sobre el derecho a tener elecciones en el país, es importante observar que un puñado de académicos de punta (que pueden contarse con los dedos de una mano) ha empezado a quebrar el monolitismo en las ciencias sociales en el seguidismo a esta cosa que nos gobierna, con más o menos timidez, con más o menos convicción, pero rompiendo la hegemonía cultural del discurso peronista único, sus satélites de la izquierda trucha, y su sistema de premios y castigos en el que estamos entrampados.


Hace una década escribía que “Los progresistas nos indignamos tarde” y que, paradójicamente, ninguna cultura está más en crisis que la llamada “cultura crítica”.


Imposible no recordarlo cuando hace unos días leía un extraordinario artículo que hablaba de qué sectores sociales habían liderado el reclamo de vuelta a las aulas y de como otros sectores solo han tenido la opción de abandonar la escuela o retirarse a un silencio rencoroso. Comparto solo parcialmente esa preocupación.


Conviviendo cotidianamente con aquellas familias y docentes a quienes solo han dejado “caer” en la escuela pública que dejó Baradel, puedo certificar que los sueños por el derecho a la educación de quienes protestaron y los sueños por la utopía de una educación pública más parecida a la que floreció entre nosotros durante casi un siglo, es un mismo sueño.


Solo sucede que el exceso de celo para no enojar a los jefes ideológicos de los dispositivos dominantes, cuando gobierna el peronismo, deja a enormes franjas de nuestro querido conurbano sin posibilidades de expresión.


Los que sufrimos a bandas de agrupamientos en las que no termina de saberse si quien está hablando es un médico, un educador, un barra brava o el Pata Medina, estamos obligados a dejar de lado tanto celo. Estamos obligados a una palabra más áspera a riesgo de hacerlo o que no nos escuchen.


A decir que la lucha incluye, porque los conocemos y son nuestros vecinos, alumnos y afectos, a aquellos a los que la bota autoritaria gubernamental pretende a los empujones hacer callar.


Aun cuando trabajemos por una sociedad de paz, de diálogo, de trabajo, de amistad.

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