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En Ucrania se juega la libertad del mundo

  • 11 mar 2022
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 11 ago 2024



Al momento de escribir estas líneas se desarrolla el día 16 de la invasión rusa a Ucrania, con los horrores de crímenes de guerra de una magnitud no vista en más de 75 años.


A poco de iniciarse el ingreso de los militares de Vladimir Putin, Pérez Llana observó agudamente cómo ante una resistencia no prevista, sus objetivos cambiaron de ser objetivos de ocupación a objetivos de destrucción de ciudades.


Y así es como pasamos a no dejar de ver bombardeos a poblaciones civiles, a escuelas, a hospitales, a corredores humanitarios que no logran llegar a establecerse, a periodistas, mujeres embarazadas y niños, violando la convención de Ginebra y las normas más elementales acordadas para conflictos bélicos.


El ataque a un sector de la central nuclear más importante de Europa y las amenazas a Suecia y Finlandia, entre otros desatinos, muestra la escala de la temeridad del personaje.


Esta breve descripción que pareciera ociosa para cualquier persona medianamente atenta e informada, no lo es tanto, en función de la deriva ideológica inducida por algunas tribus de aliados y para-aliados de este tipo de dirigentes reaccionarios internacionales. Dirigentes que un día ahogan en sangre y fuego la fantasía de relatos construidos por aventureros o aventureras corruptas y de poca monta pero, desgraciadamente, con capacidad de encaramarse en el poder de países como el nuestro.


El modo banal en que cualquier guerra se equipara a otra como si se tratara de una colección de videojuegos, se enhebra con algunos anclajes históricos un poco más serios.


Desatada la primer conflagración mundial muchos trabajadores y ciudadanos del mundo repudiaron la guerra sin más, escapando a los encuadramientos nacionales que la misma imponía.


Iniciada la segunda guerra no pocos tuvieron un reflejo inicial similar pero, prontamente, el mismo se reveló engañoso. León Trotsky, por ejemplo, se equivocó, porque fue a todas luces evidente que el nazismo y los aliados no eran “lo mismo”.


Algo de esta equivocación se perpetúa en atajos devaluados de “post-verdad” funcionales a todo tipo de reyezuelos del siglo XXI, de esos extraños sistemas de alianzas que no tuvieron ni tienen mejor idea que enfrentar a las democracias occidentales reducidas a “imperialismo” y pretendidamente "equilibrables" por Rusia o China.


Los pobladores de la maravillosa pradera ucraniana debieron negociar solos su propia paz de Brest-Litovsk en la primer guerra. Luego sufrieron las muertes masivas por hambre provocadas por las colectivizaciones forzadas de Stalin. Luego, la ocupación nazi.


Ahora cometieron el pecado de clamar por su ingreso a Europa siendo un estado “tapón” entre la OTAN y una de las mayores fuerzas militares del mundo, como es Rusia, con un criminal de guerra como Putin al mando.


Antes del horror de esta ocupación eran, para que se comprenda en clave conurbanera, una especie de Gerli en los tiempos en que no era capaz de concitar la atención ni de Lanús ni de Avellaneda.


Con la diferencia de tratarse de una tierra de las más productivas del planeta, con muchos aspectos similares a los de nuestra pampa húmeda y con no menos de 1000 años de historia.


Pero en la querida Ucrania no se juega sólo su derecho a la existencia. ¿Dónde quedó el principio de “autodeterminación de los pueblos”? ¿Sólo pueden esgrimirlo quienes pretenden escaparse de su carácter de violadores de derechos humanos?


En Ucrania se juega el tipo de mundo que nos interesa habitar.


Al calor de la escala que tomó este experimento de barbarie, como lo es la actual ocupación rusa, nuevas generaciones y nuevas sensibilidades deberán reemplazar a organismos prostituidos y envejecidos para la lucha de siempre. La de los derechos humanos reales, la de la paz, la de la libertad.

Quienes contamos con el privilegio de la ausencia de guerra, lo mínimo que nos debemos es repudiar en nuestra vida social, cívica, electoral, a los aliados de estos engendros, como Putin, que amenazan la vida de toda la humanidad.


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