Entre Tales de Mileto y la inteligencia artificial
- 16 abr
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Actualizado: 17 abr

Es un poco tediosa toda reflexión sobre un instrumento diseñado para no reflexionar y sin que esta afirmación conlleve connotación negativa alguna.
La IA profundiza y revoluciona la saga iniciada con la incorporación de la computadora al proceso productivo en el sentido de los análisis que, ya hace medio siglo, observaban que se trataba de la primera innovación tecnológica no ocurrida al interior de una rama o de una actividad específica de la economía sino utilizable y utilizada por todas.
Hoy no le resto interés a la mirada que disecciona cuáles son las capacidades “reemplazables” y “no reemplazables” por la IA.
Pero prefiero ir un paso más atrás y centrarme en la cuestión de una razón instrumental que ya forma parte de nuestra experiencia más íntima y cuyo juicio in totum había quedado perimido hace muchas décadas, a muy poco de ser formulado.
Sucede que, por una cuestión de aniversarios, el concepto de división del trabajo volvió a la consideración de la coyuntura pública y ésta es inescindible de sus contracaras contemporáneas, la delegación y la especialización.
Aunque llevando esta noción a sus últimas consecuencias el ejemplo más extremo que me brindaron es el de una señora que tenía dificultades con el cambio en un supermercado por no dedicarse a esos menesteres delegados. Me señalaban el sufrimiento de alguien que no había asumido las tareas básicas de un “adulto responsable”.
En rigor, el poderoso buscador y solucionador de problemas empuja en un sentido contrario al de la especialización y la delegación y no se puede evitar pensar en el sin fin de reemplazos de profesionales especializados que conocen los intersticios humanos de cada oficio, algo que elimina muchos de los desesperadamente repudiados tiempos muertos de todo proceso de trabajo.
Fundamentalmente, de reemplazos a los que se auto obliga a recurrir una sociedad de supervivencia, de modo deficiente y comenzando desde cero con el nuevo instrumento.
Es decir, que se auto obliga a lo contrario de la productividad de la división del trabajo sumándose a lo que regiones enteras del capital cultural (literatura, filosofía, historia) podrían verse ineficazmente compelidas en el caso de transformarse la IA de un nuevo y gran artefacto instrumental a un nuevo fetiche.
Imposible no rememorar a Tales de Mileto, uno de los recordados siete sabios de Grecia según todos los especialistas en Filosofía Antigua que, en su momento, tuve el privilegio de leer y a algunos, de conocer.
Pese a la casi total ausencia de textos escritos fehacientemente comprobados y al consenso alrededor de su rol en la construcción de alguna de las primeras cosmogonías, hay conocimientos de Tales que inequívocamente hoy nos llegan vinculados a los primeros pasos de la astronomía como, por ejemplo, la capacidad de predecir y explicar eclipses, entre tantos otros.
Platón le hace contar a Sócrates las burlas recibidas por caer en un pozo mientras observaba los astros y los sarcasmos análogos a quienes dedican su vida a la Filosofía: “No sólo no reparan en lo que está haciendo su vecino más próximo sino que, además, apenas se dan cuenta de si es realmente un hombre o algún otro tipo de criatura”.
Pero, la venganza de Tales, a quien le reprochaban su pobreza, dado que su búsqueda de conocimiento no le reportaba beneficio alguno, llegó, según Aristóteles, con el negocio de las aceitunas.
El subarriendo de molinos le generó las ganancias sólo previsibles a partir de sus conocimientos astronómicos y sus efectos en el aumento de la producción de los olivares.
No se trata de una colección de anécdotas en un tiempo en que el lenguaje se vuelve literal y es sorprendentemente necesario explicar las metáforas.
La revolución de la inteligencia artificial es una revolución que no deja de expandirse, mayormente, en los límites de la razón instrumental, más próxima a la ciencia aplicada que a la pura, aunque es obvio que la pura puede y de hecho lo hace, utilizarla.
Es una revolución que no elimina la productividad basada en la división del trabajo, pese a crear la ilusión de que sí puede hacerlo.
No puede. Así como tampoco puede el extraordinario instrumento eliminar la belleza de las metáforas, ni el sentido profundo de las mismas.
El personaje Emma Zunz, por ejemplo, escrito por Borges cuando aún no se habían generalizado las pruebas de ADN, revela un tipo de verdad que no voy a spoilear para quienes aún no hayan leído El Aleph y que escapa a “las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”.
Pero la poderosa IA puede ser la mejor aliada de jóvenes y adultos grandecitos en la ciclópea tarea que une, aunque parezca contradictorio, la obligación de la memoria y el derecho a no recordar, o en algunos casos, a no saber.
Un pacto tranquilo, sin bombas ni bombos, parafraseando el título de un reciente artículo de la exquisita Norma Morandini.
Un pacto donde lo instrumental sea tan importante como el fondo de las cosas.
Un pacto en el que no quepan las burlas. Ni siquiera si un Tales de Mileto cae en un pozo por mirar al cielo.