top of page

Entre los “compañeros” y la agenda escandinava

  • 25 mar 2018
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 19 may 2025



El reciente quiebre de la CGT y la previsible convergencia entre el viejo MTA de Hugo Moyano con las CTAs de Michelli y Yasky (unidas o separadas) expresan algo más que el olor a naftalina de un viejo momento hoy lejano.

Es importante un ejercicio de la memoria que traiga al presente algunas de las razones que dieron origen a ambos agrupamientos para contemplar hasta que extremos los mismos se han corrompido y desnaturalizado.

Recordar que el “combativo” Movimiento de Trabajadores Argentinos de Hugo Moyano pretendía diferenciarse de sus “compañeros” del “sindicalismo empresario” y repasar la acumulación patrimonial actual del dirigente no invita a celebrar ninguna coherencia. Sin abundar en las causas judiciales por delitos que ni siquiera se detuvieron ante “lindezas” como la adulteración de medicamentos ("¡tanto lío por unos troqueles!" Me dijo en una ocasión un amigo perteneciente a esa rareza que es el justicialismo).

Muchísimo más inconsistente terminó resultando la CTA fundada por De Gennaro, cuyas pretensiones eran mucho más ambiciosas, ya que venían a "adecentar", democratizar y modernizar el modelo sindical argentino, sin ocultar, además, fantasías políticas. Ya a muy poco de andar esta formación quedó a mitad de camino de todo. De la política, de la ética de su híbrida ideología, y con ellas, también de la democracia, sin contar el desenlace de la integración final a lo peor del kirchnerismo.

En la versión degradada de Hugo Yasky, militando cínica y fervientemente por quienes fueron los máximos saqueadores de los trabajadores y la sociedad argentina de toda la post dictadura y cogestor del desastre educativo de sus doce años, sin que su obsecuencia lograra a cambio que el kirchnerismo modificara una coma de la Ley de Asociaciones Profesionales (objetivo fundacional de la central) ni generara una sola ventaja a sus “dirigidos” en contraste con las prebendas de su expandida casta de dirigentes.

Michelli, en cambio, sólo retrocedió abrazado a un “frente único” con los delincuentes en medio de los prejuicios ideológicos del peronismo y de una izquierda tan atrasada y anacrónica como las burocracias a las que dice combatir y con las que simultáneamente converge. El retroceso social de estos segmentos luego de dos años de seguidismo abyecto a los K es notorio. Mucha gente, entre la copia y el original se quedó con el original, lo que explica que ATE Capital sea una unidad básica kirchnerista, que el acto principal del 24 de marzo haya terminado con Zannini trepado al palco y ovacionado por los militantes o que ATE y SUTEBA en provincia terminen entrampados en campañas sucias que piden el regreso de quienes llevaban mate cocido en vez de leche a los comedores escolares que abandonaron.

A muchos consultores políticos les gusta dividir a la sociedad en núcleos supuestamente convencidos (oficialistas u opositores) y un tercer sector “fluctuante”. Pero fue un humorista quien inicialmente mejor sintetizó la agenda, describiéndola como “escandinava”, con la que Mauricio Macri, el presidente de Cambiemos de todos los argentinos, inauguró las sesiones ordinarias 2018 del Congreso y sorprendió a todo el arco político.

Desde la igualdad de salarios para el hombre y la mujer hasta la extensión a 15 días de la licencia por paternidad. Y desde la violencia de género, el embarazo adolescente y la obesidad infantil, hasta los proyectos de interrupción voluntaria del embarazo que no morirán en comisiones y llegarán al recinto por primera vez en democracia.

Este último tema que el presidente promueve, sea tratado con el máximo respeto por la totalidad de las posiciones y votado en base a la más plena libertad de conciencia individual de los legisladores, a sabiendas que aún en Cambiemos hay posiciones claramente divergentes, está muy lejos de constituir una nueva grieta como vaticinan algunos análisis superficiales.

Simplemente, porque mala o buena, la única grieta para esta nueva mayoría a la que aún no se comprende, es la que separa a la verdad de los delincuentes y se extiende a través de todas las clases sociales de una Argentina hastiada de la dirigencia reaccionaria que vive del discurso de los pobres.

Esta dirigencia pretende agitar artificialmente hasta el último pliegue de nuestra vida social, sin temer a jugar con poner en marcha un pequeñísimo ejército militante no exento de lúmpenes y de escribas devaluados con la argamasa de un discurso arcaico cuyos fragmentos más “avanzados” datan de hace 25 años. De la época en que Moyano enfrentaba al "sindicalismo empresario” y -crease o no- Yasky y Baradel integraban la central que pretendía "adecentar" nuestra vida laboral.

Unos cuantos miles de millones fueron robados al pueblo argentino desde ese entonces aunque estos dirigentes simulen no haberse enterado. Aunque estos dirigentes descubran en el 2018 que el capitalismo es “desigual” y no se den cuenta que una mayoría social profunda de Ushuaia a La Quiaca sólo desea un mínimo de reglas iguales para todos y que, por favor, el paraíso nacional y popular que nos prometen no vuelva más.

Porque Cambiemos no se proclama poseedor del monopolio de la decencia. Solo ha puesto en marcha una muy frágil revolución de la verdad. Y algunos creemos que su verdadera misión no consiste en esperar a una alternancia con el pasado, más cercana o más lejana en el tiempo, sino en que las futuras alternancias llevan la marca de un nuevo rediseño político y social.

Porque la profundización de la República, del respeto al otro, del desarrollo, de la justicia, requiere de actores sociales y políticos que aún no están. Por eso la sociedad "banca" a Cambiemos, esta coalición del Pro, la Coalición Cívica, la UCR y tantos independientes invisibles. Porque cree que es el único conglomerado que está medio paso más cerca de avanzar en la sociedad que todavía no somos y también medio paso más cerca de dejar atrás el tipo de sufrimiento y decadencia de la sociedad que nunca más queremos ser.

La justicia semi trabada en parte por la facción “justicia legítima”, pero también en parte por el ala “conciliadora” del justicialismo tradicional demuestra hasta qué punto, la mayoría social a la que expresa Cambiemos tiene que profundizar el compromiso político con la etapa que pusimos en marcha y batallar contra los obstáculos a la vida que todos merecemos.


De esta profundización dependen las esperanzas de todo un ciclo histórico.


bottom of page