La escuela es para enseñar
- 11 mar 2023
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Actualizado: 17 mar 2025

Es muy difícil sustraerse de uno de los peores momentos del país desde la última dictadura para focalizarse en un tema particular de educación. Pero es necesario hacerlo.
Las desgracias sufridas por nuestro pueblo durante los primeros diez días de marzo se enmarcan en dos relatos. Por un lado, la apertura de sesiones del Congreso en el que un presidente barra brava ataca con falsedades en vivo al presidente y al vicepresidente de la Corte invitados al evento. Por otro, la mentira estilizada de la vicepresidenta condenada por gravísimos hechos de corrupción en la vergonzosamente copada Universidad de Río Negro, cuyo eje consistió en correrse de su rol de alma mater gubernamental, en un discurso construido con los lugares comunes de los que perezosa o ignorantemente gustan muchos de nuestros amigos de las ciencias sociales.
En el medio, una inflación despiadada, de la que la señora y el kirchnerismo no se hacen cargo, una Rosario ensangrentada por narcos que operan desde las cárceles federales dirigidas por “Justicia legítima”, cortes de luz, miseria, arcas del Banco Central vacías y otras lindezas del modelo “nacional y popular” que gobernó casi 16 de los últimos 20 años.
Sin embargo, mi intención es hacer foco en un aspecto puntual del fracaso educativo masivo (con deserciones e incumplimiento de acreditaciones de conocimiento mínimas) que es claramente más pronunciado en lugares como la provincia de Buenos Aires. No faltarán los especialistas atontados del submundo K que atribuirán estas diferencias con, por ejemplo, CABA, a diferencias sociales de clase, como si, a su vez, los responsables de las mismas residieran en Marte.
Desde que en 1970 Bourdieu publicara La reproducción y caracterizara al sistema escolar como reproductivo del orden social, no pocos de sus seguidores tomaron nota de los beneficios del mismo.
Luego Bourdieu siguió por otros caminos, en décadas siguientes una fuerte crítica advirtió sobre las posibilidades de elección individual de los agentes e incluso, el día de hoy, no pocos críticos de la “deriva ideológica” de la sociología crítica piden volver “a las cosas”.
Pero lo cierto es que en la provincia de Buenos Aires el funcionariado de Educación sabe – aunque no lo dice- que fracasaron. Y entonces el rol de “reproductor del orden social” de la escuela funciona a full.
Desde tareas “sociales” que llegaron con la pandemia a la escuela y nunca más fueron eliminadas (por caso, los módulos de alimentos que llegan mensualmente a las escuelas para ser repartidos a las familias) hasta la obsesión (en algunos niveles de modo más ostensible) por lanzarse de cabeza a reescribir currícula a través de cientos de páginas cuyo único sentido es el encuadramiento ideológico.
Estos dos polos (distribución de alimentos e ideología) se completan con un sin número de dispositivos que sobrecargan el sistema escolar de exigencias típicas del encuadramiento político y que serían inabarcables para un solo artículo.
Para quienes somos seguidores atentos de los recovecos kafkianos de la burocracia escolar, sabemos, a su vez, que los mecanismos de reproducción del orden social justicialista no han dejado de perfeccionarse.
Desde el sistema de jefaturas de inspección (más o menos simpáticas, más o menos diferentes según los distritos) hasta las unidades educativas distritales que a través de los sindicatos de docentes y auxiliares, entre otros actores, deforman, reflejan, refractan, kirchnerizan o aplastan las demandas reales, en las que nunca una escuela es –como debería serlo- igual a otra.
Con una atención muy alejada de los magros resultados del aprendizaje que están hipotecando a nuestros hijos y a pesar de las enormes diferencias entre distritos (en algunos lugares de la provincia el abandono y el autoritarismo es más dramático) la dirigencia K parece aferrarse al sistema escolar bonaerense como una de las últimas tablas de salvación en las que –quizás- su fracasada y vergonzosa política pueda aún disputar clientela.
Las “rebeliones” en los escasos casos que suceden son individuales, anárquicas y canalizadas contra actores secundarios, débiles y en ocasiones hasta proactivos o críticos del propio sistema.
Las bolsas de alimentos que directores de escuelas y docentes tienen que distribuir se apoyan de manera desnaturalizada, deformada y parcial, en una pequeña revolución social llevada a cabo durante la gestión de María Eugenia Vidal, que llegó con leche y yogurt a escuelas donde nunca se había llegado antes.
Pero el sistema se completaba con mecanismos de control especializados cruzados desde Provincia que complementaba los del municipio entre muchas otras diferencias. Hoy los restos de ese sistema (donde existen) ayudan a mejorar la ayuda, independientemente de la sobrecarga de tareas de una escuela que debería concentrarse en enseñar.
Siempre hubo, hay y seguirá habiendo directores y docentes que junto a sus comunidades honran casi heroicamente la tarea y el esfuerzo de enseñar. Pero los funcionarios, a pesar de sus discursos, están en otra cosa. Y directivos y docentes trabajan, a veces, a pesar de ellos y no ayudados por ellos.
Los funcionarios están ocupados en que, fuera de nuestra época, el sistema escolar sea un sistema “sin fisuras” de la reproducción de sus ideologías, sus políticas y su desquiciado “orden social”. Como en 1970 pero del otro lado del mostrador, o de los dos, o de todos, como corresponde a una concepción totalitaria de la vida de una sociedad a la que –a pesar de un discurso de las diferencias- no toleran en su pluralidad real.
Conozco gente extraordinaria que, por estas horas, reflexiona sobre ciencia, filosofía y currículum, “soñándonos”, como decía Borges acerca de Sarmiento, que "sigue soñándonos”.
Yo me conformo con algo más modesto. Sigo cada uno de los recovecos de la sobrecarga del sistema escolar, con la esperanza de que una nueva gestión deje en paz a los maestros y les permita enseñar. Nuestros niños y jóvenes lo necesitan.