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Milei inaugura una nueva estatalidad nacional con Malvinas

6 sept
4 min de lectura

Imagen de Andrés Baldrich.


Es comprensible que el mundillo que se auto percibe  “nacional y popular” esté desorientado con la iniciativa gubernamental sobre Malvinas.


Muchos corren a señalar una supuesta contradicción con la “línea” oficial anterior sin advertir que las verdaderas inconsistencias son las de un relato “nacional” sostenido durante décadas sin el menor correlato de realización político material alguna en ninguno de los tópicos del mundo de ficciones que construyeron.


Ficciones que son típicas de la ideología, sea esta de izquierda o de derecha.


El gran mérito de la iniciativa presidencial sobre Malvinas es, quizás, contra lo que el propio presidente cree, de carácter político, no de carácter ideológico.


Como sucedía con el Lenin de El estado y la revolución en que la utopía de una sociedad sin estado debía partir de una fuerte iniciativa política estatal.


Es increíble que tras décadas de relato sobre Malvinas, no hubiese en Tierra del Fuego hasta la presente iniciativa de Milei una fuerte base logística y de seguridad en la isla del fin del mundo, a los efectos de monitorear el Atlántico Sur y el acceso al continente antártico.


Es legítimo que el pueblo de la Nación sienta que el estado argentino llega al Atlántico Sur con algún peso real por primera vez desde la fallida guerra.


La idea de cuidar nuestro petróleo luego de la exitosa experiencia de Vaca Muerta tiene lugar, lo sabemos, a partir de un cambio geopolítico que algunos atribuyen a Trump, pero que otros creemos que va a trascenderlo y seguramente mejorarlo.


¿Será esta vez real la materialización de una “América para los americanos” pero que, novedosamente y a pesar de las asimetrías de poder, nos incluya esta vez a todos?


Probablemente sí, no ya por la reedición de viejos infantilismos ilusorios sino por una coyuntural, pero histórica, necesidad de todas las partes.


Una necesidad del poder del norte de “blindar” América desde Alaska hasta Ushuaia con toda su variedad ideológica, que incluye a Canadá, guste más o menos a los protagonistas y con países como Argentina que, sumando a la agroindustria, el petróleo y la minería, debería comenzar a desmontar su clásica “restricción externa” de divisas.


La confusión por la envergadura de la iniciativa llegó a hacer hablar de galtierismo a la fuerza política más galtierista de la Argentina: el peronismo kirchnerista.


Recordemos. Galtieri fue el responsable de la guerra perdida que, según casi todos los analistas especializados, hizo retroceder a la Argentina en las posiciones que había avanzado en su reclamo por Malvinas desde los años 60.


Ya desde 1980, un gran consenso de la sociedad civil reclamaba el final de la dictadura militar, éste era reconocido por personeros de la propia dictadura y se expresaba en difíciles pero reales contactos entre Viola y la Multipartidaria.


La aventura galtierista no era más que un intento de autoperpetuación basado en una especulación errónea.


Argentina había enviado ayuda militar contra el primer sandinismo, no el de la corrupción de "la piñata” ni el del autoritarismo posterior que llevara, por ambas razones, a su inmediato y definitivo quiebre y alejamiento de una parte de su dirección. Lo hizo contra el que terminaba de vencer a la dictadura nicaragüense de Somoza.


Creía que con eso bastaba para que la OTAN no respondiera al juego de una invasión a las islas diseñada como un mero movimiento político.


La respuesta militar de Gran Bretaña con el crimen de guerra del hundimiento del Belgrano incluido, despejó todas las dudas.


El desastre de la muerte de nuestros compatriotas en la guerra abrió el camino de la retirada de los militares del poder y el retorno de la democracia.


Es por eso que siempre disentí con algunos queridos ex combatientes que arriesgaron su vida en las islas y vieron morir a sus compañeros a su lado respecto del concepto de la llamada “desmalvinización”.


La “desmalvinización” es un error haberla visto como una política de estado. Fue, más bien, un trauma y una herida profunda de la sociedad.


Fue un fracaso el intento torpe de Galtieri de intentar limpiar con muertos de la guerra “limpia” a las muertes de la “guerra sucia” de la represión ilegal, para perpetuar un “Proceso” que ya había llegado a su fin.


El mismo intento torpe que también expresaba, entre otras demandas, el movimiento carapintada posterior, ya en democracia, y que fuera repudiado mayoritariamente por la ciudadanía.


Por eso cuando nuestros soldados sobrevivientes llegaron al continente, al igual que sus familiares y los familiares y amigos de los caídos, albergaban como decía el poema de Miguel Hernández, tres heridas. La de la vida, la del amor, la de la muerte.


Los perennes reclamos por nuestros derechos en Malvinas nunca abandonaron, desde ese entonces, por parte de las fuerzas que más los esgrimieron, el status de una retórica impotente y estéril.


Hacía falta esta nueva estatalidad en el Atlántico Sur a manos de quien dice repudiar al estado para que emerja un nuevo actor, Argentina, afirmando derechos básicos económicos y políticos de soberanía.


Una nueva estatalidad en el Atlántico Sur de la que carecemos, por ejemplo, los que vivimos en la abandonada Provincia de buenos Aires.


No es la ideología. Es la política.


La misma razón que hace celebrar haber puesto un pie en el sur hace percibir que no alcanza con barrer a los ñoquis de La Cámpora, como decía el actual socio de La Cámpora y ex ministro de economía de la última gran inflación, Sergio Massa.


Que hacen falta docentes, médicos y empleados públicos al servicio real de nuestra sociedad y correctamente remunerados. Que la llamada “clase política” aún nos debe no sólo esperar crecimiento sino promover desarrollo y bienestar.


Es por eso que cada vez más ojos se posan sobre los actores, tanto del gobierno como exteriores al mismo, que son considerados interlocutores naturales de estas demandas. Se trate de Patricia Bullrich, de Diego Santilli, de parte de la UCR o del PRO.


Porque las grandes mayorías de este país venimos con las tres heridas del poema de Miguel Hernández.


La del amor, la de la muerte, la de la vida.

 

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