No seamos maricones
- 3 sept 2023
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Actualizado: 17 mar 2025

“No seamos maricones”, solía interpelar el genial profesor de historia Carlos Jáuregui, fundador de la CHA y de Gays DC, a comienzos de los años 90 a compañeros y amigos de un pequeño colectivo político que desarrollaba un amplio programa de defensa de la libertad para diversos sectores de la sociedad civil.
Es gigantesca la brecha conceptual entre aquel momento, previo a la legalización del matrimonio igualitario por parte del PSOE, y nuestros días.
Una de las razones de su preferencia por el Contrato de Unión Civil, en contraste con el matrimonio igualitario, era su distancia con la milenaria institución católica del Matrimonio.
En rigor, se trataba de una peculiar combinación de radicalidad y respeto. Una nueva sociedad democrática y plural debía ser dirigida por quienes fueran capaces de reconocer en su seno una multiplicidad de culturas, desde las más tradicionales a las más diferentes.
Para semejante tarea no había que ser maricones. Estábamos a años luz de la actual cancelación superficial generalizada por parte de quienes carecen de toda autoridad para levantar deditos ideológicos de uno u otro signo.
“No hay que ser maricones” se decía en tiempos en que las metáforas y las ironías se entendían y las contraseñas ideológicas no eran vulgares tapaderas literales de un simulacro.
Hoy podríamos decir no hay que ser maricones para no quedar “forcluídos”, utilizando la expresión de Judith Butler, en la trampa entre dos abismos bárbaros. El del kirchnerismo hambreador de Sergio Massa, que nos lleva al segundo mayor salto de pobreza estructural en democracia, luego del perpetrado por Carlos Menem; y el de los que proclaman una motosierra contra la moneda, el Banco Central y el CONICET, porque creen que la legítima indignación que les prestó un voto los habilita a la suma del poder de un nuevo monarca sin límites, para la que no tienen mandato.
Unos dos siglos y medio de capital cultural trabajosamente constituido está siendo nuevamente dilapidado y pisoteado en el mundo por el accionar de criminales de guerra como Putin, desequilibrados como Trump, autoritarios de cabotaje a lo Bolsonaro o dictaduras como las de Maduro y Ortega.
El desafío de la construcción de un sistema de equilibrio de poderes como el que Hanna Arendt describe en Sobre la revolución es una vez más la hoja de ruta de la hora.
No pasaron muchos años desde esa segunda vuelta en Francia en la que el verdadero progresismo se alineó con Chirac contra Le Pen para salvar la democracia y la república, en la que no fueron ajenas las reservas morales históricas de la vieja lucha antifascista.
El mundo cambió. Estamos más abandonados, más desprovistos, el lenguaje es más tosco y la sociedad es aún más líquida que en los tiempos de Zygmunt Bauman.
No faltarán los que quieran hallar analogías y esperen a una segunda vuelta para apoyar a Juntos por el Cambio. Sin embargo, como publiqué en un viejo artículo en el año 2011, los progresistas nos indignamos tarde.
Y quizás, para salir de la miseria y salvar la cultura, la democracia, la república, la dignidad y la verdadera libertad, pueda ser tarde y sea necesario apurar el apoyo a Juntos por el Cambio y a la candidatura presidencial de Patricia Bullrich.
Como decía fraternalmente Carlitos Jáuregui, “no seamos maricones”.