Unidad nacional ya para terminar con el capítulo Cristina
- 23 sept 2017
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Actualizado: 7 ago 2024

Nunca fui muy afecto a las grandes convocatorias “nacionales”. Pero creo que esta vez es necesario. La sociedad necesita unirse para comenzar a enterrar el capítulo Cristina en octubre, si quiere que una democracia republicana honesta aplaste las “resistencias” que reaccionariamente fantasean con impedir que esta se afirme y trabajan para desestabilizarla.
El caso Maldonado demuestra hasta qué punto un puñado de mitos de laboratorio puede “instalar” cualquier ficción sobre cualquier tema.
Fracasado el relato apocalíptico del “avance neoliberal” donde no había más que una estrategia neodesarrollista, aparece la invención de la “desaparición forzada”. La esposa camporista de algún juez, alguna fiscal K y la inefable procuradora que usurpa un cargo de jefa de fiscales burlándose de todos al ostentar su rol de dirigente de una facción son sólo algunos de los que adulteran la vieja figura legal que tan trabajosamente instalaran en la jurisprudencia internacional unos cuantos argentinos honestos, tan lejanos a lo que derivara en orgas cínicas que no dudan en mentir a lo Goebbels, en nombre de los derechos humanos.
Para que haya desaparición forzada debe haber orden política y negación estatal de la desaparición. No obstante, debemos continuar haciendo docencia. El estado debe tender a que no sufran rasguño alguno ni siquiera los chicos que atentan contra su propia vida y la de terceros cuando desafían al propio estado y juegan a los guerrilleritos étnicos en pleno siglo XXI tras pasar unos meses por alguna escuela insurreccionalista de algún partido marginal en decadencia.
A los pseudo distraídos más grandecitos hay que recordarles que el desalojo legítimo de una ruta nacional y una desaparición forzada no son tampoco la misma cosa. Aunque hayan leído a Foucault de viejos y alucinen microfísicas represivas hasta en los baños de las escuelas.
No cabe ninguna duda de que si Maldonado hubiese sido muerto a manos de un agente estatal la condena debería ser la máxima prevista en nuestro código penal. Afortunadamente, hoy no estamos ante un estado que encubra a nadie, comenzando por nuestra ministra de seguridad, sean cuales fueran las simpatías que concite en algunos enclaves la primer dirigente empeñada en erradicar el narcotráfico y en combatir delitos complejos que nunca habían sido tocados, en cumplimiento de un programa sostenido por el conjunto de la coalición gobernante.
Necesitamos avanzar y resolver ya el problema de los efectos desastrosos del fallido censo de la ley 26160 que quedó a mitad de camino y originó una larguísima saga de relevamientos inconclusos, desalojos y asesinatos indígenas durante la era K. Porque los sucesos del sur no están escindidos de la falta de control territorial en regiones enteras de nuestro país, no sólo en el sur, sino principalmente en el norte, cuyas tierras son disputadas por propietarios, pueblos originarios verdaderos y falsos, caciques de los reales, de los cooptados, de los millonarios, de los legítimos o de los inventados.
En estas disputas hay desde cementerios falsos fabricados por obispos hasta tribus desnutridas, abandonadas y en muchos casos apaleadas y corridas de sus viviendas por señores feudales y gobernadores K. El dinero pagado en concepto de asesoramiento para esta política nacional indígena kirchnerista a la Universisdad de Lanús estuvo lejos de ayudar a poner orden en el festival de víctimas y de viveza progresista nacional y popular que esta política produjo. Pero sí alimentó como tantas otras fuentes de financiamiento militante espúreo un ejército de papel que continúa envenenando la vida cotidiana de la mayor parte de los argentinos que eligió otro camino.
No es cierto que el malestar de la grieta se pueda resolver voluntaristamente y el diálogo civilizado pueda lograrse salteando una batalla que debe comenzar a librarse definitivamente en octubre.
La grieta no es otra cosa que el efecto de uno de los poderes de estado más corrupto de las últimas décadas, el kirchnerismo, administrando el piso de pobreza estructural consolidado durante el menemismo, con un saqueo de fondos públicos y una clientelización mucho más sofisticada que la ejercida por todas las formas del justicialismo tradicional. Obtuvo a un bajísimo costo la fidelización de sectores bajos, medios y altos y capturó a través de una económica compra directa a una cantidad de cientistas sociales y sus periferias que, al día de hoy, no logran salir de la nube de relato desde la que fueron convocados, contenidos, conducidos o financiados.
Hay salida, salvo que creamos ingenuamente que podemos ahorrarnos las batallas que debemos librar.
Cuando ese genio estratégico que era Urquiza decide retirarse del campo de batalla luego de haber vencido a Mitre, para no forzar una hegemonía económica y socialmente imposible sobre Buenos Aires, comienza la organización nacional a pesar de los legítimos intereses diferentes en disputa.
Pero lo que hizo posible el inicio de grandes acuerdos a pesar de las diferencias, fue la gran unidad diez años antes en Caseros, en donde se arrasa al núcleo duro que los hacía imposibles.
La señora Fernández de Kirchner convoca a una supuesta unidad de los peronistas para enfrentar al gobierno recientemente electo en las urnas.
La mayoría de los argentinos de todas las ideologías, en cambio, necesitamos decirle en octubre que su hora como alternativa nacional ya terminó.
Sólo cuando acabemos con el capítulo Cristina y su absurda guerrita de posiciones, sólo cuando enterremos la mentira, podremos abocarnos a construir de modo fraterno y plural la agenda de un nuevo porvenir.