Unión por la transa no es más que una gigantesca unidad básica
- 4 nov 2023
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Actualizado: 7 mar 2025

Hay acontecimientos que, sin importar su signo, significan quiebres completos del cuadro político de sus vísperas y estos quiebres acontecen en las sociedades y momentos más diversos. En la paz, en la crisis o en el dramatismo de la guerra.
El ataque criminal de Hamás del 7 de octubre pasado, por ejemplo, con escenas nunca vistas desde el nazismo, disuelve al grupo como un interlocutor, transformándolo en algo del que, además de la necesidad de arrancarles los rehenes secuestrados, solo obliga a su eliminación como única tarea posible para la humanidad y para Israel.
Corta de raíz, más allá de los desgraciados brotes antisemitas históricos y habituales en el mundo, las frecuentes inercias ideológicas que por superficialidad, ignorancia o pereza, habitan en una parte del supuesto progresismo que trata a los decapitadores del Hamás, a quienes colocan sus arsenales bajo los hospitales, a quienes “educan” a sus niños para la inmolación y el asesinato, a quienes fueran condenados por el mismísimo Arafat, como el fantasma de parte de una escena del pasado.
Como si alucinaran en el pequeño rato que le dedican a Oriente Medio que se estuviese discutiendo territorio o paz entre Isaac Rabin y la OLP… Un disparate aberrante en medio del sufrimiento.
Saliendo del dramatismo de una guerra en la que el mundo no debería tener más que una posición posible, por la civilización, los derechos humanos y junto a Israel, también hubo un quiebre, seguramente menor, en nuestra realidad de cabotaje.
Aconteció el viernes 27, cuando luego de anunciar el apoyo a Milei, Macri irrumpe en la campaña por el balotaje y quien mejor hipotetizó un posible cambio fue el periodista Marcelo Longobardi.
Ese mismo día, un editorial acerca de un cuadro de polaridad extrema que excluye en su carácter de “tercero” a Juntos, como tal, del escenario, ensaya una versión acorde al público más refinado, independiente y/o allegado a cualquiera de las fracciones del viejo Cambiemos del “el que trajo al borracho que se lo lleve”. Es decir, su tesis, en ese editorial es que Macri, cuya estatura es mayor a la de Milei, se erija en una suerte de “jefe” y lo encuadre, limándole sus aspectos más controversiales. Y algo de esto, en forma quizás confusa, comienza a suceder y sucederá en tanto Milei manifieste alguna voluntad real de ganar y gobernar.
La dolarización y el cierre del Banco Central comenzarán a correrse de la agenda inmediata más allá de la retórica; aparece un meta mensaje, más allá de su negación, acerca de algunos ministerios ofrecidos al macrismo; y Patricia habría expresado el carácter irrenunciable de más de media docena de principios, como la vigencia plena de los derechos humanos, el respeto a la comunidad LGBT, al periodismo, la educación pública y el cuidado de las relaciones internacionales, entre otros.
Por otra parte, es imprescindible comprender el verdadero alcance del heterogéneo concepto de “neutralidad” esgrimido originalmente por la UCR, la CC, el partido de Pichetto, el de Graciela Ocaña, los gobernadores de Juntos y parte del PRO. Quien mejor lo expresó fue, sin duda, Ernesto Sanz con el ejemplo del Senado, en el que la unidad de Juntos impediría que un titular del Ejecutivo tenga asegurado dos tercios de los votos y pueda, por ejemplo, arrasar con el sistema de justicia.
Hecho, éste último, nada improbable en un gobierno de Massa, al que paradójica e increíblemente, algunos ven como una supuesta valla de contención o “cordón democrático” ante el peligro Milei.
La neutralidad institucional de los partidos de Juntos no impide ninguna de las tres opciones individuales de los votos de sus miembros ni de los ciudadanos adherentes. Es decir, la opción por Massa, por Milei o el voto en blanco.
Sin embargo, el cambio en el cuadro político producido por el involucramiento directo de Macri y Patricia en la campaña tiende a empujar el sentimiento mayoritario de Juntos hacia las dos últimas opciones.
Sergio Massa especula con lograr un golpe de efecto con una salida masiva de los “submarinos” que colocó en el partido de Milei cuando “el fenómeno” se estaba conformando y posibilitó, por ejemplo, al dividir el voto opositor bonaerense, que hoy suframos cuatro años más a Kicillof y a una docena "nueva" de intendentes de La Cámpora.
“El yate de Insaurralde, las joyas y la tanguita para la liberación” al decir de un humorista, no se ven igual desde el propio conurbano. La “Unión por la transa”, como dicen en mi barrio, genera en medio de un universo de privaciones infinitas generados por la política oficial, una colección de empoderaditos y empoderaditas de unidad básica cuyas anécdotas no podrían revelarse sin riesgo.
Si por arriba de nuestros intendentes y gobernador electos se articula un Massa, no se vivencia precisamente como “contrapeso” alguno de nada, sino como más y más concentración. No es la misma relación que podría sostener algún intelectual desde otros ámbitos, que omite que el estafador serial corona la “experiencia” de los últimos veinte años con la corrupción, la miseria y la mentira estalladas, al lado de algún disfrazado kirchnerista haciendo de radical y opacando con un discurso de derechos la falta absoluta de los mismos, los robos de vacunas y hasta el asesinato de Nisman.
Sin embargo, en esta elección, en la que hasta una justicia electoral K acaba de impedir la completa apertura de urnas en la dudosa elección de La Plata y en la que la fuerza que gana diez provincias queda fuera de la posibilidad de dirigir la Nación, todas las posiciones de nuestros ciudadanos deben ser respetadas. El día después de la elección, nuestros diez gobernadores y los bloques legislativos de nuestras distintas fracciones deberían articularse. La más que tosca y burda partición ideológica entre liberales y socialdemócratas por parte de quienes nos brindaron los únicos cuatro años de relativa paz y equilibrio institucional de los últimos veinte, es algo que deberá remontarse gane quien gane y una tarea que, en un país como el de hoy, más pobre, autoritario y degradado, ninguna profecía autocumplida tiene derecho a quitarnos.