Bienvenidos al mundo real
- 29 ago 2021
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 17 mar 2025
El modo en que escaló la difusión de la agresión autoritaria de una docente K a un estudiante secundario de La Matanza y su posterior apología por parte de la devaluada palabra presidencial obliga a una reflexión tan breve como imprescindible sobre ambos fenómenos aberrantes.
En primer lugar, el autoritarismo K en las aulas y en la formación docente –recordemos que la profesora está a cargo de un departamento en un instituto de formación- es más extendido de lo que desearían tantísimos compañeros y colegas de la profesión.

El fenómeno se profundiza en períodos pre-electorales y es concomitante con otros dos fenómenos distintos pero habitualmente asociados.
El primero es la tentación deshonesta del uso de fake news en su pasaje de constitución de verdaderas “fake historys”.
El segundo lleva décadas y es la prostitución de viejos cientistas sociales al calor de la constitución ideológica y política del poder K.
Los ejemplos podrían llenar muchas páginas… Profesores que construyeron su prestigio internacional a partir de tesis de revalorización de la democracia como modelo político se transformaron en apologistas de regímenes como el de Maduro y sus asesinatos de estudiantes… Especialistas en…migraciones!!! negaron el éxodo de millones de hermanos de Venezuela…
En fin… en un momento en el que la investigación y el conocimiento social se hacen más necesarios que nunca, el kirchnerismo generó desde hace mucho tiempo cambios muy extraños en dichos campos, en el comportamiento identitario de demasiada gente.
Sin embargo, no sólo las ficciones no pueden perpetuarse de manera eterna, sino que nada justifica el abuso y la desnaturalización del rol docente en el aula.
En un artículo que publiqué aludiendo a Max Weber hace exactamente siete años (Las peripecias del carisma entre la complejidad y el atraso) decía:
Frente a una filosofía que terminó en el estado de los Junkers había que oponer una ciencia social que no se convierta en palaciega y principesca.
Había que impedir la “transustanciación” de la ciencia en “ideología del reino”, en doctrina estatal.
En nuestro contexto, me impresionó una reciente relectura que acabo de hacer de “La neutralidad valorativa” en la que se indigna no sólo de la “bajada de línea” de sus colegas ante alumnos desarmados para oponerse a la misma. Lo que frecuentemente se olvida es que su indignación se completaba en el hecho de que comúnmente se trataba de una “bajada de línea” CONSENTIDA por una Universidad del poder en la que no podían discutirse “los grandes problemas de Alemania”.
El fanatismo de vastos sectores militantes del cuerpo docente culminó, a fines de 2015, con el voto silencioso a Cambiemos de una importante parte de sus alumnos.
Los videos que circularon de un comportamiento energúmeno de la profesora K muestran en su maltrato una violación flagrante de consagrados derechos de niños, niñas y adolescentes a la que asistimos demasiado frecuentemente, así los agresores o agresoras hablen de niños, niñas, niñeces, infancias o como gusten llamar a sus víctimas, en lenguaje tradicional o “inclusivo”.
Creo, con toda sinceridad, al igual que un importante académico con el que solía conversar hasta el año pasado, que cada uno debería poder hablar como lo desee. Aunque cada día se verifique que el juego de una contraseña ideológica en el lenguaje se parezca más a una exclusión que a una inclusión…
Un fenómeno más contrastante con el país de los 111.000 muertos por COVID y el robo de vacunas, con el país de la miseria negligentemente multiplicada desde el 2019 a la fecha, el del autoritarismo, la mentira y la ausencia de ejemplo. El país del Pata Medina, el de la falta de trabajo. El país de Alberto y de Cristina.
¿Cómo no va a gritar desesperada la profesora K si tiene que defender el fracaso?
Salir de esta pesadilla es renovar “Juntos” y al conjunto de la oposición social, cultural y política, para el cambio.