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Final del cristinismo: tres agendas para la transición y el día después

  • 10 may 2022
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 11 ago 2024



Es imposible pensar en “agendas” desancladas de un punteo recordatorio mínimo de los rasgos que caracterizan el infernal pésimo gobierno de Cristina Kirchner y Alberto Fernández.


Afortunadamente, una increíble voluntad de emprendedores privados pequeños, medianos y grandes ha ralentizado (no sabemos por cuántos meses o semanas) los efectos del desastre macroeconómico oficial y sus delirios de emisión sin respaldo, de ausencia de presupuesto y de inflación agobiante.


Es luego de haber impuesto, en la etapa anterior, la cuarentena más larga del mundo, que quebró y expulsó empresas y detuvo más de un año y medio consecutivo la actividad escolar presencial sin evitar la muerte por COVID de 128.300 argentinos, mientras sus militantes y dirigentes nos pasaban en la cola a través de sus vacunatorios VIP.


Casi todos tenemos en nuestros cuerpos, además de alguna dosis de las vacunas más usadas en el mundo, la prueba Sputnik del amor ruso de Cristina; la repugnante y explícita alianza con Vladimir Putin, el peor criminal de guerra del siglo XXI. Al menos Perón, el fundador de su partido, disimulaba y escondía sus simpatías por el fascismo.


Pero además, el pasado primero de mayo compitieron por el día del trabajador el hijo de Cristina, hasta ayer nomás conocido por dedicarse a los jueguitos de play y un extraño conglomerado, entre otros, del Movimiento Evita y del “clasismo” albertista, que no se entiende la pertenencia a qué cosa celebran.


Porque el actual pasaje del asado a la polenta no es solo un meme destinado despectivamente a los llamados “cabeza de termo”, sino el drama con sello K del posible salto a la pobreza estructural más grande desde el producido por otro justicialista, como lo fue Carlos Menem. (Ver Nos quieren llevar al salto de pobreza estructural mas grave desde el justicialismo de Menem).


Es decir, con más del 50 por ciento de nuestros niños en la pobreza e indicadores de miseria claramente superiores a los de fines del 2019, nos volvemos a enfrentar a un peronismo que pretende reeditar el mito del partido defensor de los intereses populares del cual el kirchnerismo es desde hace 20 años su dirección.


No solo no faltan sectores sociales (en todas las clases) que compran esta imbecilidad si no que en nuestro conurbano, hasta llegan a encarnarla en Cristina.


Pero si volvemos al sector mayoritario y responsable de nuestra sociedad, hay tres agendas de importancia extrema, las dos primeras de las cuales resultan acuciantes.


En primer lugar, obviamente, una agenda económica y social que comenzó con la iniciativa de la Coalición Cívica y el conjunto de Juntos por el Cambio para evitar el default del país al que empujaba una fracción del propio gobierno. La transición que retome la senda de un neo desarrollismo inclusivo no deberá excluir a priori ideas de ninguna de las diversas culturas políticas favorables al cambio, con excepción, por supuesto, de delirios del estilo de “eliminación del Banco Central”, no tanto por su carácter "radical” o “extremo” sino, sencillamente, por su naturaleza inconsistente. Esta agenda deberá movilizar la esperanza hacia una salida económica y social realista de la miseria pejotista y cristinista.


En segundo lugar, una agenda institucional que dramática y claramente dejó de tener la perspectiva “desabrida” y “aséptica” que algunas culturas políticas tradicionalmente le atribuyeron. El sostenimiento de la presidencia del Consejo de la Magistratura por parte del presidente de la Corte Suprema de Justicia; el sostenimiento de la propia Corte y la lucha por el avance de la boleta única de papel en la Cámara de Diputados y en la Cámara de Senadores de la Nación para que sea una realidad efectiva de la próxima elección, son los pilares principales de esta agenda institucional hasta el final del mandato del actual gobierno.


La amenaza a la democracia que significa una vicepresidenta que reivindica un capitalismo a la China, es decir, un régimen de partido único, más los desesperados intentos de golpe a la justicia para no hacerse cargo de la acumulación de pruebas sobre su propio saqueo al país coloca esta agenda que es, en rigor, una agenda de defensa de la democracia, en una prioridad para nuestra supervivencia en sociedad.


En tercer lugar, la agenda de recuperación de las instituciones de la sociedad civil cuyo vaciamiento o riesgo de vaciamiento por ocupación cristinista es un largo proceso de veinte años que ha ocurrido en la ausencia de estrategias que se le opongan. La larga lista incluye decenas de carreras humanísticas y sociales de las principales universidades del país, profesorados, colegios de abogados del conurbano y un sinnúmero de lugares tomados por un discurso único que enajena el sentido plural, ético y profesional que alguna vez tuvieron.


La educación pública no es ajena a esta agenda pero no la agota. Tras la derrota de Juntos por el Cambio en 2019 aludía a ella bajo la mención de “micropolíticas” (Elecciones 2019: una pausa reaccionaria en la edad de la razón). Se trata de la agenda de más larga duración. Sólo hay que comenzarla. Es más difícil que el atajo conservador de incorporar o intercambiar punteros. Pero es la única que, al final del camino, va a darnos sustentabilidad real para el cambio.


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